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El Sacrificio de Cristo

"¡NO ES POSIBLE QUEDAR INDIFERENTES ANTE EL SACRIFICIO DE CRISTO!"
Intervención de Juan Pablo II durante la audiencia general del miércoles

CIUDAD DEL VATICANO, 19 abril (ZENIT.org).- En vísperas de los tres días "santos" que conmemoran el culmen de la vida de Jesús, su pasión, muerte y resurrección, Juan Pablo II se detuvo durante la audiencia general a profundizar en su hondo significado. Las palabras del Santo Padre se convierten de este modo en una guía única para los cristianos para vivir de manera más intensa el triduo santo. Esta fue la intervención del Papa.

* * *

1. El itinerario cuaresmal que hemos comenzado el Miércoles de Ceniza llega a su culmen en esta Semana llamada oportunamente "Santa". Nos preparamos para revivir en los próximos días los acontecimientos más sagrados de nuestra salvación: la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo.

¿Abandono de Dios?
La Cruz, se nos presenta en estos días como símbolo elocuente del amor de Dios por la humanidad. Resuena, al mismo tiempo, en la liturgia, la invocación del Redentor en la hora de la muerte: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mateo 27, 46; Marcos 15, 34). Muchas veces sentimos este grito como "nuestro" en las situaciones difíciles de la existencia, que pueden causar un desconsuelo íntimo, generar preocupaciones o incertidumbres. En los momentos de soledad y de turbación, frecuentes en la vida del hombre, puede surgir en el espíritu del creyente la exclamación: ¡el Señor me ha abandonado!

La pasión de Cristo, sin embargo, y su glorificación en el árbol de la Cruz ofrecen otra clave de lectura para estos momentos. En el Gólgota, el Padre, en el colmo del sacrificio de su Hijo unigénito, no le abandona, es más, lleva a plenitud el designio de la salvación para toda la humanidad. En su pasión, muerte y resurrección, nos revela que la última palabra de la existencia humana no es la muerte, sino la victoria de Dios sobre la muerte. El amor divino, manifestado en plenitud en el misterio pascual, vence a la muerte y al pecado, que es su causa (cf. Romanos 5,12).

Un Dios crucificado
2. En estos días de la Semana Santa entramos en el corazón del plan salvífico de Dios. La Iglesia, de manera particular, durante este año jubilar, quiere recordar a todos que Cristo ha muerto por cada uno de los hombres y por cada una de las mujeres, pues el don de la salvación es universal. La Iglesia muestra el rostro de un Dios crucificado, que no suscita miedo, sino que comunica sólo amor y misericordia. ¡No es posible quedar indiferentes ante el sacrificio de Cristo! En el espíritu de quien se detiene a contemplar la pasión del Señor surgen espontáneamente sentimientos de profunda gratitud. Al subir espiritualmente con Él al Calvario, se llega a experimentar en cierto sentido la luz y la alegría que emana de la resurrección.

Volveremos a vivir esto, con la ayuda de Dios, en el Triduo Pascual. A través de la elocuencia de los ritos de la Semana Santa, la liturgia nos mostrará la inseparable continuidad que existe entre la pasión y la
resurrección. La muerte de Cristo lleva en sí el germen de la resurrección.

Tres días santos
3. La celebración de la Santa Misa crismal será el preludio del Triduo Pascual, en la mañana del Jueves Santo, que reunirá en la catedrales diocesanas a los presbíteros en torno a sus respectivos pastores. Serán bendecidos los óleos de los enfermos, el de los catecúmenos y el crisma para la administración de los sacramentos. Un rito denso de significado, acompañado por el gesto también significativo de la renovación de los compromisos y de las promesas sacerdotales por parte de los presbíteros. Es el día de los sacerdotes, que todos los años nos lleva a nosotros, ministros de la Iglesia, a redescubrir el valor y el sentido de nuestro sacerdocio, don y misterio de amor.

En la noche, volveremos a vivir el memorial de la institución de la Eucaristía, sacramento de amor infinito de Dios por la humanidad. Judas traiciona a Jesús; Pedro, a pesar de todas sus afirmaciones, reniega de él; los demás apóstoles, en el momento de la pasión, desaparecen. Pocos se quedan a su lado. Y, sin embargo, el Señor confía a estos hombres frágiles su testamento, ofreciéndose a sí mismo en el cuerpo entregado y en la sangre derramada por la vida del mundo (cf. Juan 6, 51). ¡Misterio inconmensurable de condescendencia y de bondad!

En el Viernes Santo resonará la narración de la Pasión y se nos invitará a venerar la Cruz, símbolo extraordinario de la misericordia divina. El Crucifijo indica al hombre, a menudo confuso a la hora de distinguir entre el bien y el mal, el único camino que da sentido a la existencia humana. Es el camino de la acogida total de la voluntad de Dios y de la generosa entrega de sí mismo a los hermanos.

El Sábado Santo, en una jornada de gran silencio litúrgico, nos detendremos a reflexionar en el sentido de estos acontecimientos. Vigilará solícitamente la Iglesia con María, la Madre dolorosa, y con ella, esperará a que surja la aurora de la resurrección. De hecho, al asomarse del "primer día después del sábado", el alegre anuncio pascual, proclamado por el festivo canto del "Exultet", durante la solemne liturgia de la Vigilia de Pascua, romperá el silencio. El triunfo de Cristo sobre la muerte vendrá para sacudir, junto a la piedra del sepulcro, los corazones y las mentes de los fieles y a inundarlos con el mismo gozo experimentado por la Magdalena, por las santas mujeres, por los apóstoles y por quienes se manifestó el
resucitado el día de Pascua.

4. Queridos hermanos y hermanas, preparemos nuestro corazón para vivir intensamente este Triduo Santo. Dejémonos invadir por la gracia de estos días santos y, como exhortaba el santo obispo Atanasio, "sigamos también nosotros al Señor, imitándolo, así celebraremos la fiesta no sólo exteriormente, sino de la manera más real, es decir, no sólo con palabras, sino también con las obras" (Cartas pascuales, 14, 2).

Con estos sentimiento, os deseo a todos vosotros y a vuestros seres queridos un provechoso Triduo Santo y una alegre Pascua de resurrección.

Traducción realizada por Zenit.
ZS00041912


 

 


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