|
"Desde aquí,
en efecto, partió el Mensaje de la Divina Misericordia, que Cristo
mismo quiso transmitir a nuestra generación, a través de la beata
Faustina" (Juan Pablo II 'El Grande')
1.Misericordias Domini in
aeternum cantabo (sal 88 [89], 2).
Vengo a este santuario como
peregrino, para insertarme en el canto ininterrumpido en honor de la
Divina Misericordia. Lo había entonado el Salmista del Señor,
expresando lo que todas las generaciones conservaban y conservan,
como preciosísimo fruto de la fe. El hombre no tiene necesidad de
nada tanto como de la Divina Misericordia - de aquel amor que quiere
bien, que compadece, que realza al hombre sobre su debilidad hacia
las infinitas alturas de la santidad de Dios. En este lugar nos
damos cuenta de esto en modo particular. En efecto, de aquí ha
partido el Mensaje de la Divina Misericordia que Cristo mismo quiso
transmitir a nuestra generación, a través de la beata Faustina. Y es
un mensaje claro y legible para cada uno. Cada uno puede venir aquí
a mirar este cuadro de Jesús Misericordioso, su Corazón que irradia
gracias, y oír en el profundo de su alma cuanto oyó la Beata: "No
tengas miedo de nada. Yo estoy siempre contigo" (Diario, q. II). Y
si responde con corazón sincero: "Jesús, ¡confío en Ti!", encontrará
la fortaleza en todas sus angustias y miedos. En este diálogo de
abandono, se establece entre el hombre y Cristo una particular unión
que exhala el amor. Y "en el amor no hay temor -escribe san Juan- al
contrario, el amor perfecto echa fuera el temor"(1 Jn 4,18).
La Iglesia relee el mensaje de la
Misericordia, para llevar con más eficacia a la generación de este
fin de milenio y a las futuras, la luz de la esperanza. Sin nunca
cesar, pide a Dios misericordia por todos los hombres "en ningún
momento y en ningún período histórico -especialmente en una época
tan crítica como la nuestra- la Iglesia puede olvidar la oración,
que es el grito a la misericordia de Dios, ante las múltiples formas
de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan...
Cuanto más la conciencia humana,
sucumbiendo a la secularización, pierde el sentido del significado
mismo de la palabra "misericordia", cuanto alejándose más de Dios,
se distancia del misterio de la misericordia, tanto más la Iglesia
tiene el derecho y el deber de apelar al Dios de la misericordia
"con fuertes gritos" (Dives in misericordia, nº 15). Vengo aquí,
para confiar todas las preocupaciones de la Iglesia y de la
humanidad a Cristo misericordioso. En los umbrales del tercer
milenio, vengo, para confiarle una vez más mi ministerio petrino
-"Jesús, ¡confío en Ti!"
El mensaje de la Divina
Misericordia ha sido para mí siempre querido y cercano. Es como si
la historia lo hubiese inscrito en la trágica experiencia de la
segunda guerra mundial. En aquellos años difíciles, fue un
particular sostén y una inagotable fuente de esperanza, no sólo para
los habitantes de Cracovia, sino para toda la nación. Esta fue
también mi experiencia personal, que llevé conmigo a la Sede de
Pedro y que, en ciento sentido, forma la imagen de este pontificado.
Doy gracias a la Divina Providencia porque me ha sido dado
contribuir personalmente al cumplimiento de la voluntad de Cristo,
mediante la institución de la fiesta de la Divina Misericordia.
Aquí, junto a las reliquias de la beata Faustina Kowalska, doy
gracias también por el don de su beatificación. Ruego incesantemente
a Dios para que tenga "misericordia de nosotros y del mundo entero."
Juan Pablo II en Cracovia, 7 de
junio de 1997
|