| La antiquísima
imagen Milagrosa de la Virgen María (que figura en esta página), se
encuentra en el Célebre Santuario de la Madre de la Misericordia en
la ciudad de Wilno en Lituania; sobre la Puerta Oriental.
Junto a ella fue expuesta por
primera vez a la veneración pública la Sagrada imagen de la Divina
Misericordia, en el año 1935.
"La Virgen María es la que conoce
más a fondo el misterio de la Divina Misericordia. Sabe su precio y
sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la
Misericordia, Virgen de la Misericordia o Madre de la Divina
Misericordia" (Encíclica Dives in Misericordia" Juan Pablo II)
La ciudad de Wilno es célebre por
su Santuario Mariano en el oriente europeo. La imagen de la Madre de
la Misericordia, en un tiempo formaba parte de un cuadro, quizá de
la Virgen de la Anunciación o de la Virgen Dolorosa al pié de la
Cruz; temas fundamentales de la maternidad de María.
Se dice que la había traído así,
sacada del conjunto, el príncipe lituano Olgerd, en el año 1362, de
regreso del Quersoneso.
"Entonces vi a la Santísima
Virgen, indeciblemente bella, que se acercó a mí, del altar a mi
reclinatorio y me abrazó y me dijo estas palabras: Soy Madre de
todos gracias a la insondable misericordia de Dios. El alma más
querida para mí es aquella que cumple fielmente la voluntad de
Dios." (449)
"Por la noche, mientras rezaba, la
Virgen me dijo: Su vida debe ser similar a la mía, silenciosa y
escondida; debe unirse continuamente a Dios, rogar por la humanidad
y preparar al mundo para la segunda venida de dios" (625)
A continuación transcribimos la
conclusión final de la Encíclica Veritatis Splendor, dada en Roma,
por el Santo Padre Juan Pablo II; junto a San Pedro, el 6 de agosto
- fiesta de la Transfiguración del Señor- del año 1993.
María Madre de misericordia
118. Al concluir estas
consideraciones, encomendamos a María, Madre de Dios y Madre de
misericordia, nuestras personas, los sufrimientos y las alegrías de
nuestra existencia, la vida moral de los creyentes y de los hombres
de buena voluntad, las investigaciones de los estudiosos de moral.
María es Madre de misericordia
porque Jesucristo, su Hijo, es enviado por el Padre como revelación
de la misericordia de Dios (cf. Jn 3, 16-18). Él ha venido no para
condenar sino para perdonar, para derramar misericordia (cf. Mt 9,
13). Y la misericordia mayor radica en su estar en medio de nosotros
y en la llamada que nos ha dirigido para encontrarlo y proclamarlo,
junto con Pedro, como «el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Ningún
pecado del hombre puede cancelar la misericordia de Dios, ni
impedirle poner en acto toda su fuerza victoriosa, con tal de que la
invoquemos. Más aún, el mismo pecado hace resplandecer con mayor
fuerza el amor del Padre que, para rescatar al esclavo, ha
sacrificado a su Hijo(181): su misericordia para nosotros es
redención. Esta misericordia alcanza la plenitud con el don del
Espíritu Santo, que genera y exige la vida nueva. Por numerosos y
grandes que sean los obstáculos opuestos por la fragilidad y el
pecado del hombre, el Espíritu, que renueva la faz de la tierra (cf.
Sal 104, 30), posibilita el milagro del cumplimiento perfecto del
bien. Esta renovación, que capacita para hacer lo que es bueno,
noble, bello, grato a Dios y conforme a su voluntad, es en cierto
sentido el colofón del don de la misericordia, que libera de la
esclavitud del mal y da la fuerza para no volver a pecar. Mediante
el don de la vida nueva, Jesús nos hace partícipes de su amor y nos
conduce al Padre en el Espíritu.
119. Esta es la consoladora
certeza de la fe cristiana, a la cual debe su profunda humanidad y
su extraordinaria sencillez. A veces, en las discusiones sobre los
nuevos y complejos problemas morales, puede parecer como si la moral
cristiana fuese en sí misma demasiado difícil: ardua para ser
comprendida y casi imposible de practicarse. Esto es falso, porque
—en términos de sencillez evangélica— consiste fundamentalmente en
el seguimiento de Jesucristo, en el abandonarse a él, en el dejarse
transformar por su gracia y ser renovados por su misericordia, que
se alcanzan en la vida de comunión de su Iglesia. «Quien quiera
vivir —nos recuerda san Agustín—, tiene en donde vivir, tiene de
donde vivir. Que se acerque, que crea, que se deje incorporar para
ser vivificado. No rehuya la compañía de los miembros»(182). Con la
luz del Espíritu, cualquier persona puede entenderlo, incluso la
menos erudita, sobre todo quien sabe conservar un «corazón entero»
(Sal 86, 11). Por otra parte, esta sencillez evangélica no exime de
afrontar la complejidad de la realidad, pero puede conducir a su
comprensión más verdadera porque el seguimiento de Cristo
clarificará progresivamente las características de la auténtica
moralidad cristiana y dará, al mismo tiempo, la fuerza vital para su
realización. Vigilar para que el dinamismo del seguimiento de Cristo
se desarrolle de modo orgánico, sin que sean falsificadas o
soslayadas sus exigencias morales —con todas las consecuencias que
ello comporta— es tarea del Magisterio de la Iglesia. Quien ama a
Cristo observa sus mandamientos (cf. Jn 14, 15).
120. María es también Madre de
misericordia porque Jesús le confía su Iglesia y toda la humanidad.
A los pies de la cruz, cuando acepta a Juan como hijo; cuando, junto
con Cristo, pide al Padre el perdón para los que no saben lo que
hacen (cf. Lc 23, 34), María, con perfecta docilidad al Espíritu,
experimenta la riqueza y universalidad del amor de Dios, que le
dilata el corazón y la capacita para abrazar a todo el género
humano. De este modo, se nos entrega como Madre de todos y de cada
uno de nosotros. Se convierte en la Madre que nos alcanza la
misericordia divina.
María es signo luminoso y ejemplo
preclaro de vida moral: «su vida es enseñanza para todos», escribe
san Ambrosio(183), que, dirigiéndose en especial a las vírgenes,
pero en un horizonte abierto a todos, afirma: «El primer deseo
ardiente de aprender lo da la nobleza del maestro. Y ¿quién es más
noble que la Madre de Dios o más espléndida que aquella que fue
elegida por el mismo Esplendor?»(184). Vive y realiza la propia
libertad entregándose a Dios y acogiendo en sí el don de Dios. Hasta
el momento del nacimiento, custodia en su seno virginal al Hijo de
Dios hecho hombre, lo nutre, lo hace crecer y lo acompaña en aquel
gesto supremo de libertad que es el sacrificio total de su propia
vida. Con el don de sí misma, María entra plenamente en el designio
de Dios, que se entrega al mundo. Acogiendo y meditando en su
corazón acontecimientos que no siempre puede comprender (cf. Lc 2,
19), se convierte en el modelo de todos aquellos que escuchan la
palabra de Dios y la cumplen (cf. Lc 11, 28) y merece el título de
«Sede de la Sabiduría». Esta Sabiduría es Jesucristo mismo, el Verbo
eterno de Dios, que revela y cumple perfectamente la voluntad del
Padre (cf. Hb 10, 5-10).
María invita a todo ser humano a
acoger esta Sabiduría. También nos dirige la orden dada a los
sirvientes en Caná de Galilea durante el banquete de bodas: «Haced
lo que él os diga» (Jn 2, 5).
María comparte nuestra condición
humana, pero con total transparencia a la gracia de Dios. No
habiendo conocido el pecado, está en condiciones de compadecerse de
toda debilidad. Comprende al hombre pecador y lo ama con amor de
Madre. Precisamente por esto se pone de parte de la verdad y
comparte el peso de la Iglesia en el recordar constantemente a todos
las exigencias morales. Por el mismo motivo, no acepta que el hombre
pecador sea engañado por quien pretende amarlo justificando su
pecado, pues sabe que, de este modo, se vaciaría de contenido el
sacrificio de Cristo, su Hijo. Ninguna absolución, incluso la
ofrecida por complacientes doctrinas filosóficas o teológicas, puede
hacer verdaderamente feliz al hombre: sólo la cruz y la gloria de
Cristo resucitado pueden dar paz a su conciencia y salvación a su
vida.
María,
Madre de misericordia,
cuida de todos para que no se haga inútil
la cruz de Cristo,
para que el hombre
no pierda el camino del bien,
no pierda la conciencia del pecado
y crezca en la esperanza en Dios,
«rico en misericordia» (Ef 2, 4),
para que haga libremente las buenas obras
que él le asignó (cf. Ef 2, 10)
y, de esta manera, toda su vida
sea «un himno a su gloria» (Ef 1, 12).
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