| Los que están en gran
tribulación, en tentaciones muy difíciles, necesitan suplicar la
conversión de esposos, hijos, padres varones o mujeres, practican la
participación en la Misa dominical en nuestro pequeño santuario
durante catorce domingos seguidos, confesando sus pecados y
recibiendo la Eucaristía.
Se unen así a millares de católicos en el resto de América Latina,
que lo hacen en los santuarios de otras naciones. Es verdad que Dios
no está obligado a concedernos exactamente lo que pedimos. Pero
también es cierto que Dios otorga las gracias que necesitamos
nosotros o los demás, y nuestras obras de misericordia unidas al
sacrificio de Jesús en la cruz, valen mucho antes sus ojos divinos.
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