| I. QUIEN ME VE A MI, VE AL
PADRE (cfr. Jn 14, 9)
REVELACIÓN DE LA MISERICORDIA:
"DIOS RICO EN MISERICORDIA"
1.1. Es el que Jesucristo nos ha
revelado como Padre; cabalmente su Hijo, en sí mismo, nos lo ha
manifestado y nos lo ha hecho conocer. A este respecto, es digno de
recordar aquel momento en que Felipe, uno de los doce apóstoles,
dirigiéndose a Cristo, le dijo: "Señor, muéstranos al Padre y nos
basta, Jesús le respondió: "¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros
y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre".
Estas palabras fueron pronunciadas en el discurso de despedida, al
final de la cena pascual, a la que siguieron los acontecimientos de
aquellos días santos, en que debía quedar corroborado de una vez
para siempre el hecho de que "Dios, que es rico en misericordia, por
el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por
nuestros delitos, nos dio vida por Cristo".
1.2. Siguiendo las enseñanzas del
Concilio Vaticano II y en correspondencia con las necesidades
particulares de los tiempos en que vivimos, he dedicado la Encíclica
Redemptor Hominis a la verdad sobre el hombre, verdad que nos es
revelada en Cristo, en toda su plenitud y profundidad. Una exigencia
de no menor importancia, en estos tiempos críticos y nada fáciles,
me impulsa a descubrir una vez más en el mismo Cristo el rostro del
Padre, que es "misericordiosos y Dios de todo consuelo".
Efectivamente, en la Constitución Gaudium et Spes leemos: "Cristo,
el nuevo Adán... manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y
le descubre la sublimidad de su vocación": y esto lo hace " en la
misma revelación del misterio del Padre y de su amor". Las palabras
citadas son un claro testimonio de que la manifestación del hombre
en la plena dignidad de su naturaleza no puede tener lugar sin la
referencia -no sólo conceptual, sino también íntegramente
existencial- a Dios. El hombre y su vocación suprema se desvelan en
Cristo mediante la revelación del misterio del Padre y de su amor.
1.3. Por esto mismo, es
conveniente ahora que volvamos la mirada a este misterio: lo están
sugiriendo múltiples experiencias de la Iglesia y del hombre
contemporáneo; lo exigen también las invocaciones de tantos
corazones humanos, con sus sufrimientos y esperanzas, sus angustias
y expectación. Si es verdad que todo hombre es en cierto sentido la
vía de la Iglesia -como dije en la encíclica Redemptor Hominis-, al
mismo tiempo el Evangelio y
1.4. toda la Tradición nos están
indicando constantemente que hemos de recorrer esta vía con todo
hombre, tal como Cristo la ha trazado, revelando en sí mismo al
Padre junto con su amor. En Cristo Jesús, toda vía hacia el hombre,
cual le ha sido confiado de una vez para siempre a la Iglesia en el
mutable contexto de los tiempos, es simultáneamente un caminar el
encuentro con el Padre y su amor. El Concilio Vaticano II ha
confirmado esta verdad según las exigencias de nuestros tiempos.
1.5. Cuanto más se centre en el
hombre la misión desarrollada por la Iglesia; cuanto más sea, por
decirlo así, antropocéntrica, tanto más debe corroborarse y
realizarse teocéntricamente, esto es, orientarse al Padre en Cristo
Jesús. Mientras las diversas corrientes del pasado y presente del
pensamiento humano han sido y siguen siendo propensas a dividir e
incluso contraponer el teocentrismo y el antropocentrismo, la
Iglesia en cambio, siguiendo a Cristo, trata de unirlas en la
historia del hombre de manera orgánica y profunda. Este es también
uno de los principios fundamentales, y quizás el más importante, del
Magisterio del último Concilio. Si pues en la actual fase de la
historia de la Iglesia nos proponemos como cometido preeminente
actuar la doctrina del gran Concilio, debemos en consecuencia volver
sobre este principio con fe, con mente abierta y con el corazón. Ya
en mi citada encíclica he tratado de poner de relieve que el ahondar
y enriquecer de múltiples formas la conciencia de la Iglesia, fruto
del mismo Concilio, debe abrir más ampliamente nuestra inteligencia
y nuestro corazón a cristo mismo. Hoy quiero añadir que la apertura
a Cristo, que en cuento Redentor del mundo "revela plenamente el
hombre al mismo hombre", no puede llevarse a efecto más que a través
de una referencia cada vez más madura al Padre y a su amor.
ENCARNACIÓN DE LA MISERICORDIA
2.1. Dios, que "habita una luz
inaccesible", habla a la vez al hombre con el lenguaje de todo el
cosmos: "en efecto, desde la creación del mundo, lo invisible de
Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las
obras". Este conocimiento indirecto e imperfecto, obra del
entendimiento que busca a Dios por medio de las criaturas a través
del mundo visible, no es aún "visión del Padre". "A Dios nadie lo ha
visto", escribe San Juan para dar mayo relieve a la verdad, según la
cual "precisamente el Hijo unigénito que está en el seno del Padre,
ése le ha dado a conocer". Esta "revelación" manifiesta a Dios en el
insondable misterio de su ser -uno y trino- rodeado de "luz
inaccesible". No obstante, mediante esta "revelación" de Cristo
conocemos a Dios, sobre todo en su relación de amor hacia el hombre:
en su "filantropía". Es justamente ahí donde "sus perfecciones
invisibles" se hacen de modo especial "visibles", incomparablemente
más visibles que a través de todas las demás "obras realizadas por
él": tales perfecciones se hacen visibles en Cristo y por Cristo, a
través de sus acciones y palabras y, finalmente, mediante su muerte
en la cruz y su resurrección.
2.2. De este modo en Cristo y por
Cristo, se hace también particularmente visible Dios en su
misericordia, esto es, se pone de relieve el atributo de la
divinidad, que ya el Antiguo Testamento, sirviéndose de diversos
conceptos y términos, definió "misericordia". Cristo confiere un
significado definitivo a toda la tradición veterotestamentaria de la
misericordia divina. No sólo habla de ella y la explica usando
semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la
encarna y personifica. El mismo es, en cierto sentido, la
misericordia. A quien la ve y la encuentra en él, Dios se hace
concretamente "visible" como Padre "rico en misericordia".
2.3. La mentalidad contemporánea,
quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse
al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y
arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La
palabra y el concepto de "misericordia" parecen producir una cierta
desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de
la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la
historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en
el pasado. Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral
y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia. A
este respecto, podemos sin embargo recurrir de manera provechosa a
la imagen "de la condición del hombre en el mundo contemporáneo",
tal cual es delineada al comienzo de la Constitución Gaudium et
Spes. Entre otras, leemos allí las siguientes frases: "De esta
forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz de
lo mejor y lo peor, pues tiene abierto el camino para optar por la
libertad y la esclavitud, entre el progreso y el retroceso, entre la
fraternidad o el odio. El hombre sabe muy bien que está en su mano
el dirigir correctamente las fuerzas que él ha desencadenado, y que
pueden aplastarle o salvarle".
2.4. La situación del mundo
contemporáneo pone de manifiesto no sólo transformaciones tales que
hacen esperar en un futuro mejor del hombre sobre la tierra, sino
que revela también múltiples amenazas, que sobrepasan con mucho las
hasta ahora conocidas. Sin cesar de denunciar tales amenazas en
diversas circunstancias (como en las intervenciones ante la ONU, la
UNESCO, la FAO y en otras partes) la Iglesia debe examinarlas al
mismo tiempo a la luz de la verdad recibida de Dios.
2.5. Revelada en Cristo, la verdad
acerca de Dios como "Padre de la misericordia", nos permite "verlo"
especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando
está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad.
Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo,
muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe
se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de
Dios. Ellos son ciertamente impulsados a hacerlo por Cristo mismo,
el cual, mediante su Espíritu, actúa en lo íntimo de los corazones
humanos. En efecto, revelado por El, el misterio de Dios "Padre de
la misericordia" constituye, en el contexto de las actuales amenazas
contra el hombre, como una llamada singular dirigida a la Iglesia.
2.6. En la presente Encíclica
deseo acoger esta llamada; deseo recurrir al lenguaje eterno -y al
mismo tiempo incomparable por su sencillez y profundidad- de la
revelación y de la fe, para expresar precisamente con él una vez
más, ante Dios y ante los hombres, las grandes preocupaciones de
nuestro tiempo.
2.7. En efecto, la revelación y la
fe nos enseñan no tanto a meditar en abstracto el misterio de Dios,
como "Padre de la misericordia", cuanto a recurrir a esta misma
misericordia en el nombre de Cristo y en unión con El. ¿No ha dicho
quizá Cristo que nuestro Padre, que "ve en secreto", espera, se
diría que continuamente, que nosotros, recurriendo a El en toda
necesidad, escrutemos cada vez más su misterio: el misterio del
Padre y de su amor?
2.8. Deseo pues que estas
consideraciones hagan más cercano a todos tal misterio y que sean al
mismo tiempo una vibrante llamada de la Iglesia a la misericordia,
de la que el hombre y el mundo contemporáneo tienen tanta necesidad.
Y tienen necesidad, aunque con frecuencia no lo saben.
II. MENSAJE MESIÁNICO
CUANDO CRISTO COMENZÓ A OBRAR Y
ENSEÑAR
3.1. Ante sus conciudadanos en
Nazaret, Cristo hace alusión a las palabras del profeta Isaías: "El
Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a
los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los
ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los
oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor". Estas frases,
según san Lucas, son su primera declaración mesiánica, a la que
siguen los hechos y palabras conocidas a través del Evangelio.
Mediante tales hechos y palabras, Cristo hace presente al Padre
entre los hombres. Es altamente significativo que estos hombres sean
en primer lugar los pobres, carentes de medios de subsistencia, los
privados de libertad, los ciegos que no ven la belleza de la
creación, los que viven en aflicción de corazón o sufren a causa de
la injusticia social, y finalmente los pecadores. Con relación a
éstos especialmente, Cristo se convierte sobre todo en signo legible
de Dios que es amor, se hace signo del Padre. En tal signo visible,
al igual que los hombres de aquel entonces, también los hombres de
nuestros tiempos pueden ver al Padre.
3.2. El significado que, cuando
los mensajeros enviados por Juan Bautista llegaron donde estaba
Jesús para preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que
esperar a otro?". El, recordando el mismo testimonio con que había
inaugurado sus enseñanzas en Nazaret, haya respondido: "Id y
comunicad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los
cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los
muertos resucitan, los pobres son evangelizados", para concluir
diciendo: "y bienaventurado quien no se escandaliza de mí".
3.3. Jesús, sobre todo con su
estilo de vida y con sus acciones, ha demostrado cómo en el mundo en
que vivimos está presente el amor, el amor operante, el amor que se
dirige al hombre y abraza todo lo que forma su humanidad. Este amor
se hace notar particularmente en el contacto con el sufrimiento, la
injusticia, la pobreza; en contacto con toda la "condición humana"
histórica, que de distintos modos manifiesta la limitación y la
fragilidad del hombre, bien sea física, bien sea moral. Cabalmente
el modo y el ámbito en que se manifiesta el amor es llamado
"misericordia" en el lenguaje bíblico.
3.4. Cristo pues revela a Dios que
es Padre, que es "amor", como dirá san Juan en su primera Carta,
revela a Dios "rico en misericordia", como leemos en san Pablo. Esta
verdad, más que tema de enseñanza, constituye una realidad que
Cristo nos ha hecho presente. Hacer presente al padre en cuanto amor
y misericordia es en la conciencia de Cristo mismo la prueba
fundamental de su misión de Mesías; lo corroboran las palabras
pronunciadas por El primeramente en la sinagoga de Nazaret y más
tarde ante sus discípulos y ante los enviados por Juan Bautista.
3.5. En base a tal modo, de
manifestar la presencia de Dios que es padre, amor y misericordia,
Jesús hace de la misma misericordia, uno de los temas principales de
su predicación. Como de costumbre, también aquí enseña
preferentemente "en parábolas", debido a que éstas expresan mejor la
esencia misma de las cosas. Baste recordar la parábola del hijo
pródigo o la del buen Samaritano, y también -como contraste- la
parábola del siervo inicuo. Son muchos los pasos de las enseñanzas
de Cristo que ponen de manifiesto el amor-misericordia bajo un
aspecto siempre nuevo. Basta tener ante los ojos al Buen Pastor en
busca de la oveja extraviada o la mujer que barre la casa buscando
la dracma perdida. El evangelista que trata con detalle estos temas
en las enseñanzas de Cristo es san Lucas, cuyo evangelio ha merecido
ser llamado "el evangelio de la misericordia".
3.6. Cuando se habla de la
predicación, se plantea un problema de capital importancia por lo
que se refiere al significado de los tiempos y al contenido del
concepto, sobre todo del concepto de "misericordia" (en su relación
con el concepto de "amor"). Comprender esos contenido es la clave
para entender la realidad misma de la misericordia. Y es esto lo que
realmente nos importa. No obstante, antes de dedicar ulteriormente
una parte de nuestras consideraciones a este tema, es decir, antes
de establecer el significado de los vocablos y el contenido propio
del concepto de "misericordia", es necesario constatar que Cristo,
al revelar el amor-misericordia de Dios, exigía al mismo tiempo a
los hombres que a su vez se dejasen guiar en su vida por el amor y
la misericordia. Esta exigencia forma parte del núcleo mismo del
mensaje mesiánico y constituye la esencia del ethos evangélico. El
Maestro lo expresa bien sea a través del mandamiento definido por él
como "el más grande", bien en forma de bendición, cuando en el
discurso de la montaña proclama: "Bienaventurados los
misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia".
3.7. De este modo, el mensaje
mesiánico acerca de la misericordia conserva una particular
dimensión divino-humana. Cristo -en cuanto cumplimiento de las
profecías mesiánicas-, al convertirse en la encarnación del amor que
se manifiesta con peculiar fuerza respecto a los que sufren, a los
infelices y a los pecadores, hace presente y revela de este modo más
plenamente al Padre, que es Dios "rico en misericordia". Asimismo,
al convertirse para los hombres en modelo del amor misericordioso
hacia los demás, Cristo proclama con las obras, más que con las
palabras, la apelación a la misericordia que es una de las
componentes esenciales del ethos evangélico. En este caso no se
trata sólo de cumplir un mandamiento o una exigencia de naturaleza
ética, sino también de satisfacer una condición de capital
importancia, a fin de que Dios pueda revelarse en su misericordia
hacia el hombre: ... los misericordiosos ... alcanzarán
misericordia.
III. EL ANTIGUO TESTAMENTO
4.1. El concepto de "misericordia"
tiene en el Antiguo Testamento una larga y rica historia. Debemos
remontarnos hasta ella para que resplandezca más plenamente la
misericordia revelada por Cristo. Al revelarla con sus obras y sus
enseñanzas, El se estaba dirigiendo a hombres, que no sólo conocían
el concepto de misericordia, sino que además, en cuanto pueblo de
Dios de la Antigua Alianza, había sacado de su historia plurisecular
una experiencia peculiar de la misericordia de Dios. Esta
experiencia era social y comunitaria, como también individual e
interior.
4.2. Efectivamente, Israel fue el
pueblo de la alianza con Dios, alianza que rompió muchas veces.
Cuando a su vez adquiría conciencia de la propia infidelidad -y a lo
largo de la historia de Israel no faltan profetas y hombres que
despiertan tal conciencia- se apelaba a la misericordia. A este
respecto los Libros del Antiguo Testamento nos ofrecen muchísimos
testimonios. Entre los hechos y textos de mayor relieve se pueden
recordar: el comienzo de la historia de los Jueces, la oración de
Salomón al inaugurar el Templo, una parte de la intervención
profética de Miqueas, las consoladoras garantías ofrecidas por
Isaías, la súplica de los hebreos desterrados, la renovación de la
alianza después de la vuelta del exilio.
4.3. Es significativo que los
profetas en su predicación pongan la misericordia, a la que recurren
con frecuencia debido a los pecados del pueblo, en conexión con la
imagen incisiva del amor por parte de Dios. El Señor ama a Israel
con el amor de una peculiar elección, semejante al amor de un
esposo, y por esto perdona sus culpas e incluso sus infidelidades y
traiciones. Cuando se ve de cara a la penitencia, a la conversión
auténtica, devuelve de nuevo la gracia a su pueblo. En la
predicación de los profetas la misericordia significa una potencia
especial del amor, que prevalece sobre el pecado y la infidelidad
del pueblo elegido.
4.4. En este amplio contexto
"social", la misericordia aparece como elemento correlativo de la
experiencia interior de las personas en particular, que versan en
estado de culpa o padecen toda clase de sufrimientos y desventuras.
Tanto al mal físico como el mal moral o pecado hacen que los hijos e
hijas de Israel se dirijan al Señor recurriendo a su misericordia.
Así lo hace David, con la conciencia de su gravedad de su culpa. Y
así lo hace también Job, después de sus rebeliones, en medio de su
tremenda desventura. A él se dirige igualmente Esther, consciente de
la amenaza mortal a su pueblo En los libros del Antiguo Testamento
podemos ver otros muchos ejemplos.
4.5. En el origen de esta
multiforme convicción comunitaria y personal, como puede comprobarse
por todo el Antiguo Testamento a lo largo de los siglos, se coloca
la experiencia fundamental del pueblo elegido, vivida en tiempos del
éxodo: el Señor, el profeta supo individuar su amor y compasión. Es
aquí precisamente donde radica la seguridad que abriga todo el
pueblo y cada uno de sus miembros en la misericordia divina, que se
puede invocar en circunstancias dramáticas.
4.6. A esto se añade el hecho de
que la miseria del hombre es también su pecado. El pueblo de la
Antigua Alianza conoció esta miseria desde los tiempos del éxodo,
cuando levantó el becerro de oro. Sobre este gesto de ruptura de la
alianza, triunfó el Señor mismo, manifestándose solemnemente a
Moisés como "Dios de ternura y de gracia, lento a la ira y rico en
misericordia y fidelidad". Es en esta revelación central donde el
pueblo elegido y cada uno de sus miembros encontrarán, después de
toda culpa, la fuerza y la razón para dirigirse al Señor con el fin
de recordarle lo que El había revelado de sí mismo y para implorar
su perdón.
4.7. Y así, tanto en sus hechos
como en sus palabras, el Señor ha revelado su misericordia desde los
comienzos del pueblo que escogió para sí y, a lo largo de la
historia, este pueblo se ha confiado continuamente, tanto en las
desgracias como en la toma de conciencia de su pecado, al Dios de la
misericordia. Todos los matices del amor se manifiestan en la
misericordia del Señor para con los suyos: él es su padre, ya que
Israel es su hijo primogénito, él es también esposo de la que
profeta anuncia con un nombre nuevo, rubama, "muy amada", porque
será tratada con misericordia.
4.8. Incluso cuando, exasperado
por la infidelidad de su pueblo, el Señor decide acabar con él,
siguen siendo la ternura y el amor generoso para con el mismo lo que
le hace superar su cólera. Es fácil entonces comprender por qué los
Salmistas, cuando desean cantar las alabanzas más sublimes del
Señor, entonan himnos al Dios del amor, de la ternura, de la
misericordia y de la fidelidad.
4.9. De todo esto se deduce que la
misericordia no pertenece únicamente al concepto de Dios, sino que
es algo que caracteriza la vida de todo el pueblo de Israel y
también de sus propios hijos e hijas: es el contenido de la
intimidad con su Señor, el contenido de su diálogo con El. Bajo este
aspecto precisamente la misericordia es expresada en los Libros del
Antiguo Testamento con una gran riqueza de expresiones. Sería quizá
difícil buscar en estos Libros una respuesta puramente teórica a la
pregunta sobre en qué consiste la misericordia en sí misma. no
obstante, ya la terminología que en ellos se utiliza, puede decirnos
mucho a tal respecto.
4.10. El Antiguo Testamento
proclama la misericordia del Señor sirviéndose de múltiples términos
de significado afín entre ellos; se diferencian en su contenido
peculiar, pero tienden -podríamos decir- desde angulaciones diversas
hacia un único contenido fundamental para expresar su riqueza
trascendental y al mismo tiempo acercarla al hombre bajo distintos
aspectos. El Antiguo Testamento anima a los hombres desventurados,
en primer lugar a quienes versan bajo el peso del pecado -al igual
que a todo Israel que se había adherido a la alianza con Dios- a
recurrir a la misericordia y les concede contar con ella: la
recuerda en los momentos de caída y de desconfianza. Seguidamente,
de gracias y de gloria cada vez que se ha manifestado y cumplido,
bien sea en la vida del pueblo, bien en la vida de cada individuo.
4.11. De este modo, la
misericordia se contrapone en cierto sentido a la justicia divina y
se revela en multitud de casos no sólo más poderosa, sino también
mas profunda que ella. Ya el Antiguo Testamento enseña que, si bien
la justicia es auténtica virtud en el hombre, y en Dios, significa
la perfección trascendente, sin embargo, el amor es más "grande" que
ella; es superior en el sentido de que es primario y fundamental. El
amor, por así decirlo, condiciona a la justicia y en definitiva la
justicia es servidora de la caridad. La primacía y la superioridad
del amor respecto a la justicia (lo cual es característico de toda
la revelación) se manifiestan precisamente a través de la
misericordia. Esto pareció tan claro a los Salmistas y a los
Profetas que el término mismo de justicia terminó por significar la
salvación llevada a cabo por el Señor y su misericordia. La
misericordia difiere de la justicia pero no está en contraste con
ella, siempre que admitamos en la historia del hombre -como lo hace
el Antiguo Testamento- la presencia de Dios, el cual ya en cuanto
creador se ha vinculado en especial amor a su criatura. El amor, por
su naturaleza, excluye el odio y el deseo de mal, respecto a aquel
que una vez ha hecho donación de sí mismo: nihíl odisti eorum quae
fecisti: "nada aborreces de lo que has hecho". Estas palabras
indican el fundamento profundo de la relación entre la justicia y la
misericordia en Dios, en sus relaciones con el hombre y con el
mundo. Nos están diciendo que debemos buscar las raíces vivificantes
y las razones íntimas de esta relación, remontándonos al
"principio", en el misterio mismo de la creación. Ya en el contexto
de la Antigua Alianza anuncian de antemano la plena revelación de
Dios que "es amor".
4.12. Con el misterio de la
creación está vinculado el misterio de la elección, que ha plasmado
de manera peculiar la historia del pueblo, cuyo padre espiritual es
Abraham en virtud de su fe. Sin embargo, mediante este pueblo que
camina a lo largo de la historia, tanto de la Antigua como de la
Nueva Alianza, ese misterio de la elección se refiere a cada hombre,
a toda la gran familia humana: "Con amor eterno te amé, por eso te
he mantenido mi favor". "Aunque se retiren los montes..., no se
apartará de ti mi amor, ni mi alianza de paz vacilará". Esta verdad,
anunciada un día a Israel, lleva dentro de sí la perspectiva de la
historia entera del hombre: perspectiva que es a la vez temporal y
escatológica. Cristo revela al Padre en la misma perspectiva y sobre
un terreno ya preparado, como lo demuestran amplias páginas de los
escritos del Antiguo Testamento. Al final de tal revelación, en la
víspera de su muerte, dijo El al apóstol Felipe estas memorables
palabras: "¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me habéis
conocido? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre".
IV. LA PARÁBOLA DEL HIJO PRODIGO
ANALOGÍA
5.1. Ya en los umbrales del Nuevo
Testamento resuena en el Evangelio de San Lucas una correspondencia
singular entre dos términos referentes a la misericordia divina, en
los que se refleja intensamente toda la tradición
veterotestamentaria. Aquí hallan expresión aquellos contenidos
semánticos vinculados a la terminología diferenciada de los Libros
Antiguos. He ahí a María que, entrando en casa de Zacarías, proclama
con toda su alma la grandeza del Señor "por su misericordia", de la
que "de generación en generación" se hacen partícipes los hombres
que viven en el temor de Dios. Poco después, recordando la elección
de Israel, ella proclama la misericordia, de la que "se recuerda"
desde siempre el que la escogió a ella. Sucesivamente, al nacer Juan
Bautista, en la misma casa su Padre Zacarías, bendiciendo al Dios de
Israel, glorifica la misericordia que ha concedido "a nuestros
padres y se ha recordado de su santa alianza".
5.2. En las enseñanzas de Cristos
mismo, esta imagen heredada del Antiguo Testamento se simplifica a
la vez se profundiza. Esto se ve quizá con más evidencia en la
parábola del hijo pródigo, donde la esencia de la misericordia
divina, aunque la palabra "misericordia" no se encuentre allí, es
expresada de manera particularmente límpida. A ello contribuye no
sólo la terminología, como en los libros véterotestamentarios, sino
la analogía que permite comprender más plenamente el misterio mismo
de la misericordia en cuanto drama profundo, que se desarrolla entre
el amor del padre y la prodigalidad y el pecado del hijo.
5.3. Aquel hijo, que recibe del
padre la parte de patrimonio que le corresponde y abandona la casa
para malgastarla en un país lejano, "viviendo disolutamente", es en
cierto sentido el hombre de todos los tiempos, comenzando por aquel
que primeramente perdió la herencia de la gracia y de la justicia
original. La analogía en este punto es muy amplia. La parábola toca
indirectamente toda clase de rupturas de la alianza de amor, toda
pérdida de la gracia, todo pecado. En esta analogía se pone menos de
relieve la infidelidad del pueblo de Israel, respecto a cuanto
ocurría en la tradición profética, aunque también a esa infidelidad
se puede aplicar la analogía del hijo pródigo. Aquel hijo, "cuando
hubo gastado todo..., comenzó a sentir necesidad", tanto más cuanto
que sobrevino una gran carestía "en el país", al que había emigrado
después de abandonar la casa paterna. En este estado de cosas
"hubiera querido saciarse" con algo, incluso "con las bellotas que
comían los puercos" que él mismo pastoreaba por cuenta de "uno de
los habitantes de aquella región". Pero también esto le estaba
prohibido.
5.4. La analogía se desplaza
claramente hacia el interior del hombre. El patrimonio que aquel tal
había recibido de su padre era un recurso de bienes materiales, pero
más importante que estos bienes materiales era su dignidad de hijo
en la casa paterna. La situación en que llegó a encontrarse cuando
ya había perdido los bienes materiales, le había hacer consciente,
por necesidad, de la pérdida de esa dignidad. El no había pensado en
ello anteriormente, cuando pidió a su padre que le diese la parte de
patrimonio que le correspondía, con el fin de marcharse. Y parece
que el tampoco sea consciente ahora, cuando se dice a sí mismo:
"¡Cuántos asalariados en casa de mi padre tienen pan en abundancia y
yo aquí me muero de hambre!". El se mide a sí mismo con el metro de
los bienes que había perdido y que ya "no posee", mientras que los
asalariados en casa de su padre los "poseen". Estas palabras se
refieren ante todo a una relación con los bienes materiales. No
obstante, bajo estas palabras se esconde al drama de la dignidad
perdida, la conciencia de la filiación echada a perder.
5.5. Es entonces cuando toma la
decisión: "Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he
pecado, contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado
hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros". Palabras, éstas,
que revelan más a fondo el problema central. A través de la compleja
situación material, en que el hijo pródigo había llegado a
encontrarse debido a su ligereza, a causa del pecado, había ido
madurando el sentido de la dignidad perdida. Cuando él decide volver
a la casa paterna y pedir a su padre que lo acoja -no ya en virtud
del derecho de hijo, sino en condiciones de mercenario- parece
externamente que obra por razones del hambre y de la miseria en que
ha caído; pero este motivo está impregnado por la conciencia de una
pérdida más profunda: ser un jornalero en la casa del propio padre
es ciertamente una gran humillación y vergüenza. No obstante, el
hijo pródigo está dispuesto a afrontar tal humillación y vergüenza.
Se da cuenta de que ya no tiene ningún otro derecho, sino el de ser
mercenario en la casa de su padre. Su decisión es tomada en plena
conciencia de lo que merece y de aquello a lo que puede aún tener
derecho según las normas de la justicia. Precisamente este
razonamiento demuestra que, en el centro de la conciencia del hijo
pródigo, emerge el sentido de la dignidad perdida, de aquella
dignidad que brota de la relación del hijo con el padre. Con esta
decisión emprende el camino.
5.6. En la parábola del hijo
pródigo no se utiliza, ni siquiera una sola vez, el término
"justicia"; como tampoco, en el texto original, se usa la palabra
"misericordia"; sin embargo, la relación de la justicia con el amor,
que se manifiesta como misericordia está inscrito con gran precisión
en el contenido de la parábola evangélica. Se hace más obvio que el
amor se transforma en misericordia, cuando hay que superar la norma
precisa de la justicia: precisa y a veces demasiado estrecha. El
hijo pródigo, consumadas las riquezas recibidas de su padre, merece
-a su vuelta- ganarse al vida trabajando como jornalero en la casa
paterna y eventualmente conseguir poco a poco una cierta provisión
de bienes materiales; pero quizás nunca en tanta cantidad como había
malgastado. Tales serían las exigencias del orden de la justicia;
tanto más cuanto que aquel hijo no sólo había disipado la parte de
patrimonio que le correspondía, sino que además había tocado en lo
más vivo y había ofendido a su padre con su conducta. Esta, que a su
juicio le había desposeído de la dignidad filial, no podía ser
indiferente a su padre; debía hacerle sufrir y en algún modo incluso
implicarlo. Pero en fin de cuantas se trataba del propio hijo y tal
relación no podía ser alienada, ni destruida por ningún
comportamiento. El hijo pródigo era consciente de ello y es
precisamente tal conciencia lo que le muestra con claridad la
dignidad perdida y lo que le hace valorar con rectitud el puesto que
podía corresponderle aún en casa de su padre.
SOBRE LA DIGNIDAD HUMANA
6.1. Esta imagen concreta del
estado de ánimo del hijo pródigo nos permite comprender con
exactitud en qué consiste la misericordia divina. No hay lugar a
dudas de que en esa analogía sencilla pero penetrante la figura del
progenitor nos revela a Dios como Padre. El comportamiento del padre
de la parábola, su modo de obrar que pone de manifiesto su actitud
interior, nos permite hallar cada uno de los hilos de la visión
veterotestamentaria de la misericordia, en una síntesis
completamente nueva, llena de sencillez y de profundidad. El padre
del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que desde
siempre sentía por su hijo. Tal infidelidad se expresa en la
parábola no sólo con la inmediata prontitud en acogerlo cuando
vuelve a casa después de haber malgastado el patrimonio; se expresa
aún más plenamente con aquella alegría, con aquella festosidad tan
generosa respecto al disipador, después de su vuelta, de tal manera
que suscita contrariedad y envidia en el hermano mayor, quien no se
había alejado nunca del padre, ni había abandonado la casa.
6.2. La fidelidad en sí mismo por
parte del padre -un comportamiento ya conocido por el término
veterotestamentario "besed"- es expresada al mismo tiempo de manera
singularmente impregnada de amor. leemos en efecto que cuando el
padre divisó de lejos al hijo pródigo que volvía a casa, "le salió
conmovido al encuentro, le echó los brazos al cuello y lo besó".
Está obrando ciertamente a impulsos de un profundo afecto, lo cual
explica también su generosidad hacia el hijo, aquella generosidad
que indignará tanto al hijo mayor. Sin embargo las causas de la
conmoción hay que buscarlas más en profundidad. Sí, el padre es
consciente de que se ha salvado un bien fundamental: el bien de la
humanidad de su hijo. Si bien éste había malgastado el patrimonio,
no obstante ha quedado a salvo su humanidad. Es más, ésta ha sido de
algún modo encontrada de nuevo. Lo dicen las palabras dirigidas por
el padre al hijo mayor: "Había que hacer fiesta y alegrarse porque
este hermano tuyo había muerto y ha resucitado, se había perdido y
ha sido hallado". En el mismo capítulo XV del evangelio de san
Lucas, leemos la parábola de la oveja extraviada y sucesivamente de
la dracma perdida. Se pone siempre de relieve la misma alegría,
presente en el caso del hijo pródigo. La fidelidad del padre a sí
mismo está totalmente centrada en la humanidad del hijo perdido, en
su dignidad. Así se explica ante todo la alegre conmoción por su
vuelta a casa.
6.3. Prosiguiendo, se puede decir
por tanto que el amor hacia el hijo, el amor que brota de la esencia
misma de la paternidad, obliga en cierto sentido al padre a tener
solicitud por la dignidad del hijo. Esta solicitud constituye la
medida de su amor, como escribirá san Pablo: "La caridad es
paciente, es benigna..., no es interesada, no se irrita..., no se
alegra de la injusticia, se complace en la verdad..., todo lo
espera, todo lo tolera" y "no pasa jamás". La misericordia -tal como
Cristo nos la ha presentado en la parábola del hijo pródigo -tiene
la forma interior del amor, que en el Nuevo Testamento se llama
ágape. Tal amor es capaz de inclinarse hacia todo hijo pródigo, toda
miseria humana y singularmente hacia toda miseria moral o pecado.
Cuando esto ocurre, el que es objeto de misericordia no se siente
humillado, sino como hallado de nuevo y "revalorizado". El padre le
manifiesta, particularmente, su alegría por haber sido "hallado de
nuevo" y por "haber resucitado". Esta alegría indica un bien
inviolado; un hijo, por más que sea pródigo, no deja de ser hijo
real de su padre; indica además un bien hallado de nuevo, que en el
caso del hijo pródigo fue la vuelta a la verdad de sí mismo.
6.4. Lo que ha ocurrido en la
relación del padre con el hijo en la parábola de Cristo, no se puede
valorar "desde fuera". Nuestros prejuicios en torno al tema de la
misericordia son a lo más el resultado de una valoración exterior.
ocurre a veces que, siguiendo tal sistema de valoración, percibimos
principalmente en la misericordia una relación de desigualdad entre
el que la ofrece y el que la recibe. Consiguientemente estamos
dispuestos a deducir que la misericordia difama a quien la recibe y
ofende la dignidad del hombre. La parábola del hijo pródigo
demuestra cuán diversa es la realidad: la relación de misericordia
se funda en la común experiencia de la dignidad que le es propia.
Esta experiencia común hace que el hijo pródigo comience a verse a
sí mismo y sus acciones con toda verdad (semejante visión en la
verdad es auténtica humildad); en cambio para el padre, y
precisamente por esto, el hijo se convierte en un bien particular:
el padre ve el bien que se ha realizado con una claridad tan
límpida, gracias a una irradiación misteriosa de la verdad y del
amor, que parece olvidarse de todo el mal que el hijo había
cometido.
6.5. la parábola del hijo pródigo
expresa de manera sencilla, pero profunda la realidad de la
conversión. Esta es la expresión más concreta de la obra del amor y
de la presencia de la misericordia en el mundo humano. El
significado verdadero y propio de la misericordia en el mundo no
consiste únicamente en la mirada, aunque sea la más penetrante y
compasiva, dirigida al mal moral, físico o material: la misericordia
se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando revalida,
promueve y extrae el bien de todas las formas del mal existentes en
el mundo y en el hombre. Así entendida, constituye el contenido
fundamental del mensaje mesiánico de Cristo y la fuerza constitutiva
de su misión.
6.6. Así entendían también y
practicaban la misericordia sus discípulos y seguidores. Ella no
cesó nunca de revelarse en sus corazones y en sus acciones, como una
prueba singularmente creadora del amor que no se deja "vencer por el
mal", sino que "vence con el bien al mal".
6.7. Es necesario que el rostro
genuino de la misericordia sea siempre desvelado de nuevo. No
obstante múltiples prejuicios, ella se presenta particularmente
necesaria en nuestros tiempos.
V. EL MISTERIO PASCUAL
MISERICORDIA REVELADA EN LA
CRUZ Y EN LA RESURRECCIÓN
7.1. El mensaje mesiánico de
Cristo y su actividad entre los hombres terminan con la cruz y la
resurrección. Debemos penetrar hasta lo hondo en este acontecimiento
final que, de modo especial en el lenguaje conciliar, es definido
mysterium paschale, si queremos expresar profundamente la verdad de
la misericordia, tal como ha sido hondamente revelada en la historia
de nuestra salvación. En este punto de nuestras consideraciones,
tendremos que acercarnos más aún al contenido de la Encíclica
Redemptor Hominis.
7.2. En efecto, si la realidad de
la redención, en su dimensión humana desvela la grandeza inaudita
del hombre, que mereció tener tan gran Redentor, al mismo tiempo yo
diría que la dimensión divina de la redención nos permite, en el
momento más empírico e "histórico", desvelar la profundidad de aquel
amor que no se echa atrás ante el extraordinario sacrificio del
Hijo, para colmar la fidelidad del Creador y Padre respecto a los
hombres creados a su imagen y ya desde el "principio" elegidos, en
este Hijo, para la gracia y la gloria.
7.3. Los acontecimientos del
Viernes Santo y, aún antes, la oración en Getsemaní, introducen en
todo el curso de la revelación del amor y de la misericordia, en la
misión mesiánica de cristo, un cambio fundamental. El que "pasó
haciendo el bien y sanando", "curando toda clase de dolencias y
enfermedades", él mismo parece merecer ahora la más grande
misericordia y apelarse a la misericordia cuando es arrestado,
ultrajado, condenado, flagelado, coronado de espinas; cuando es
clavado en la cruz y expira entre terribles tormentos.
7.4. Es entonces cuando merece de
modo particular la misericordia de los hombres, a quienes ha hecho
el bien, y no la recibe. Incluso aquellos que están más cercanos a
El, no saben protegerlo y arrancarlo de las manos de los opresores.
En esta etapa final de la función mesiánica se cumplen en Cristo las
palabras pronunciadas por los profetas, sobre todo Isaías, acerca
del Siervo de Yahvéh: "por sus llagas hemos sido curados".
7.5. Cristo, en cuanto hombre que
sufre realmente y de modo terrible en el Huerto de los Olivos y en
el Calvario, se dirige al Padre, a aquel Padre, cuyo amor ha
predicado a los hombres, cuya misericordia ha testimoniado con todas
sus obras. Pero no le es ahorrado -precisamente a él- el tremendo
sufrimiento de la muerte en cruz: "a quien no conoció el pecado,
Dios le hizo pecado por nosotros", escribía san Pablo, resumiendo en
pocas palabras toda la profundidad del misterio de la cruz y a la
vez la dimensión divina de la realidad de la redención. Juntamente
esta redención es la revelación última y definitiva de la santidad
de Dios, que es la plenitud absoluta de la perfección: plenitud de
la justicia y del amor, ya que la justicia se funda sobre el amor,
mana de él y tiende hacia él.
7.6. En la pasión y muerte de
Cristo -en el hecho de que el Padre no perdonó la vida a su Hijo,
sino que lo "hizo pecado por nosotros"- se expresa la justicia
absoluta, porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa de los
pecados de la humanidad. Esto es incluso una "sobreabundancia" de la
justicia, ya que los pecados del hombre son "compensados" por el
sacrificio del Hombre-Dios. Sin embargo, tal justicia, que es
propiamente justicia "a medida" de Dios, nace toda ella del amor:
del amor del Padre y del Hijo, y fructifica toda ella en el amor.
Precisamente por esto la justicia divina, revelada en la cruz de
Cristo, es "a medida" de Dios porque nace del amor y se completa en
el amor, generando frutos de salvación. La dimensión divina de la
redención no se actúa solamente haciendo justicia del pecado, sino
restituyendo al amor su fuerza creadora en el interior del hombre,
gracias a la cual él tiene acceso de nuevo a la plenitud de vida y
de santidad, que viene de Dios. De este modo, la redención comporta
la revelación de la misericordia en su plenitud.
7.7. El misterio pascual es el
culmen de esta revelación y actuación de la misericordia, que es
capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el
sentido del orden salvífico querido por Dios desde el principio para
el hombre, y mediante el hombre, en el mundo. Cristo que sufre,
habla sobre todo al hombre, y no solamente al creyente. También el
hombre no creyente podrá descubrir en El la elocuencia de la
solidaridad con la suerte humana, como también la armoniosa plenitud
de una dedicación desinteresada a la causa del hombre, a la verdad y
al amor. La dimensión divina del misterio pascual llega, sin
embargo, a mayor profundidad aún.
7.8. La cruz colocada sobre el
Calvario, donde Cristo tiene su último diálogo con el Padre, emerge
del núcleo mismo de aquel amor, del que el hombre, creado a imagen y
semejanza de Dios, tal como Cristo ha revelado, no permanece
solamente en estrecha vinculación con el mundo, en cuanto Creador y
fuente última de la existencia. El es además Padre: con el hombre,
llamado por El a la existencia en el mundo visible, está unido por
un vínculo más profundo aún que el de Creador. Es el amor, que no
sólo crea al bien, sino que hace participar en la vida misma de
Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto, el que ama desea
darse a sí mismo.
7.9. La Cruz de Cristo sobre el
Calvario surge en el camino de aquel admirable commercium, de aquel
admirable comunicarse de Dios al hombre en el que está contenida a
su vez la llamada dirigida al hombre, a fin de que, donándose a sí
mismo a Dios y donando consigo mismo todo el mundo visible,
participe en la vida divina, y para que como hijo adoptivo se haga
partícipe de la verdad y del amor que está en Dios y proviene de
Dios. Justamente en el camino de la elección eterna del hombre a la
dignidad de hijo adoptivo de Dios, se alza en la historia la Cruz de
Cristo, Hijo unigénito que, en cuanto, "luz de luz, Dios verdadero
de Dios verdadero", ha venido para dar el testimonio último de la
admirable alianza de Dios con la humanidad, de Dios con el Hombre,
con todo hombre. Esta alianza tan antiguo como el hombre - se
remonta al misterio mismo de la creación- restablecida
posteriormente en varias ocasiones con un único pueblo elegido, es
asimismo, la alianza nueva y definitiva, establecida allí, en el
Calvario, y no limitada ya a un único pueblo, a Israel, sino abierta
a todos y cada uno.
7.10. ¿Qué nos está diciendo pues
la Cruz de Cristo, que es en cierto sentido la última palabra de su
mensaje y de su misión mesiánica? Y sin embargo, ésta no es aún la
última palabra del Dios de la alianza: esa palabra será pronunciada
en aquella alborada, cuando las mujeres primero y los Apóstoles
después, venidos al sepulcro de Cristo crucificado, verán la tumba
vacía y proclamarán por vez primera: "Ha resucitado". Ellos lo
repetirán a los otros y serán testigos de Cristo resucitado. No
obstante, también en esta glorificación del hijo de Dios sigue
estando presenta la cruz, la cual -a través de todo el testimonio
mesiánico del hombre-Hijo que sufrió en ella la muerte- habla y no
cesa nunca de decir que Dios-Padre, que es absolutamente fiel a su
eterno amor por el hombre ya que "tanto amó al mundo -por tanto al
hombre en el mundo- que le dio a su Hijo unigénito, para que quien
crea en él no muera, sino que tenga la vida eterna".
7.11. Creer en el Hijo crucificado
significa "ver al Padre", significa creer que el amor está presente
en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en
que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese
amor significa creer en la misericordia. En efecto, es ésta la
dimensión indispensable del amor, es como su segundo nombre y a la
vez el modo específico de su revelación y actuación respecto a la
realidad del mal presente en el mundo que afecta al hombre y lo
asedia, que se insinúa, asimismo en su corazón y puede hacerle
"perecer en la gehenna".
AMOR MAS FUERTE QUE LA MUERTE, MAS FUERTE QUE EL PECADO
8.1. La cruz de Cristo en el
Calvario es asimismo testimonio de la fuerza del mal contra el mismo
Hijo de Dios, contra aquel que, único entre los hijos de los
hombres, era por su naturaleza absolutamente inocente y libre de
pecado, y cuya venida al mundo estuvo exenta de la desobediencia de
Adán y de la herencia del pecado original. Y he ahí que,
precisamente en El, en Cristo, se hace justicia del pecado a precio
de su sacrificio, de su obediencia "hasta la muerte". Al que estaba
sin pecado "Dios lo hizo pecado en favor nuestro". Se hace también
justicia de la muerte que, desde los comienzos de la historia del
hombre, se había aliado con el pecado.
8.2. Este hacer justicia de la
muerte se lleva a cabo bajo el precio de la muerte del que estaba
sin pecado y del único que podía -mediante la propia muerte-
inflingir la muerte a la misma muerte. De este modo la cruz de
Cristo, sobre la cual el Hijo, consubstancial al Padre, hace plena
justicia a Dios, es también una revelación radical de la
misericordia, es decir, del amor que sale al encuentro de lo que
constituye la raíz misma del mal en la historia del hombre: al
encuentro del pecado y de la muerte.
8.3. La cruz es la inclinación más
profunda de la Divinidad hacia el hombre y todo lo que el hombre -de
modo especial en los momentos difíciles y dolorosos- llama su
infeliz destino. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las
heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre, es el
cumplimiento, hasta el final, del programa mesiánico que Cristo
formuló una vez en la sinagoga de Nazaret y repitió más tarde ante
los enviados de Juan Bautista. Según las palabras ya escritas en la
profecía de Isaías, tal programa consistía en la revelación del amor
misericordioso a los pobres, los que sufren, los prisioneros, los
ciegos, los oprimidos y los pecadores.
8.4. En el misterio pascual es
superado el límite del mal múltiple, del que se hace partícipe el
hombre en su existencia terrena: la cruz de Cristo, en efecto, nos
hace comprender las raíces más profundas del mal que ahondan en el
pecado y en la muerte; y así la cruz se convierte en un signo
escatológico. Solamente en el cumplimiento escatológico y en la
renovación definitiva del mundo, el amor vencerá en todos los
elegidos las fuentes más profundas del mal, dando como fruto
plenamente maduro el reino de la vida, de la santidad y de la
inmortalidad gloriosa. El fundamento de tal cumplimiento
escatológico está encerrado ya en la cruz de Cristo y en su muerte.
El hecho de que Cristo "ha resucitado al tercer día" constituye el
signo final de la misión mesiánica, signo que corona la entera
revelación del amor misericordioso en el mundo sujeto al mal. Esto
constituye a la vez el signo que preanuncia "un cielo nuevo y una
tierra nueva", cuando Dios "enjugará las lágrimas de nuestros ojos;
no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni afán, porque las cosas de
antes han pasado".
8.5. En el cumplimiento
escatológico, la misericordia se revelará como amor, mientras que en
la temporalidad, en la historia del hombre -que es a la vez historia
de pecado y de muerte- el amor debe revelarse ante todo como
misericordia y actuarse en cuanto tal. El programa mesiánico de
Cristo -programa de misericordia-, se convierte en el programa de su
pueblo, el de su Iglesia. Al centro del mismo está siempre la cruz,
ya que en ella la revelación del amor misericordioso alcanza su
punto culminante. Mientras "las cosas de antes no hayan pasado", la
cruz permanecerá como ese "lugar", al que aún podrían referirse
otras palabras del Apocalipsis de Juan: "Mira que estoy a la puerta
y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él
y cenaré con él y él conmigo". De manera particular Dios revela,
asimismo, su misericordia, cuando invita al hombre a la
"misericordia" hacia su Hijo, hacia el Crucificado.
8.6. Cristo, en cuanto
crucificado, es el Verbo que no pasa; es el que está a la puerta y
llama al corazón de todo hombre, sin coartar su libertad, tratando
de sacar de esa misma libertad el amor que es no solamente un acto
de solidaridad con el Hijo del Hombre, que sufre, sino también, en
cierto modo, "misericordia" manifestada por cada uno de nosotros al
Hijo del Padre eterno. En este programa mesiánico de Cristo, en toda
la revelación de la misericordia mediante la cruz, ¿cabe quizá la
posibilidad de que sea mayormente respetada y elevada la dignidad
del hombre, dado que él, experimentando la misericordia, es también
en cierto sentido el que "manifiesta contemporáneamente la
misericordia"?
8.7. En definitiva, ¿no toma quizá
Cristo tal posición respecto al hombre, cuando dice: "cada vez que
habéis hecho estas cosas a uno de éstos..., lo habéis hecho a mí"?
Las palabras del sermón de la montaña: "Bienaventurados los
misericordiosos porque alcanzarán misericordia", ¿no constituyen en
cierto sentido una síntesis de toda la Buena Nueva, de todo el
"cambio admirable" (admirabile commercium) en ella encerrado, que es
una ley sencilla, fuerte y "dulce" a la vez de la misma economía de
la salvación? Estas palabras del sermón de la montaña, al hacer ver
las posibilidades del "corazón humano" en su punto de partida ("ser
misericordiosos"), ¿no revelan quizá, dentro de la misma
perspectiva, el misterio profundo de Dios: la inescrutable unidad
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en la que el amor,
conteniendo la justicia, abre el camino a la misericordia, que a su
vez revela la perfección de la justicia?
8.8. El misterio pascual es Cristo
en el culmen de la revelación del inescrutable misterio de Dios.
Precisamente entonces se cumplen hasta lo último las palabras
pronunciadas en el Cenáculo: "Quien me ha visto a mí, ha visto al
Padre". Efectivamente, Cristo, a quien el Padre "no perdonó" en bien
del hombre y que en su pasión así como en el suplicio de la cruz no
encontró misericordia humana, en su resurrección ha revelado la
plenitud del amor que el Padre nutre por El, y en El, por todos los
hombres. "No es un Dios de muertos, sino de vivos". En su
resurrección Cristo ha revelado al Dios de amor misericordioso,
precisamente porque ha aceptado la cruz como vía hacia la
resurrección. Por esto -cuando recordamos la cruz de Cristo, su
pasión y su muerte- nuestra fe y nuestra esperanza se centran en el
Resucitado: en Cristo que "la tarde de aquel mismo día, el primero
después del sábado..., se presentó en medio de ellos" en el
Cenáculo, "donde estaban los discípulos..., alentó sobre ellos y les
dijo: recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les
serán perdonados y a quienes los retengáis le serán retenidos".
8.9. Este es el Hijo de Dios que
en su resurrección ha experimentado de manera radical en sí mismo la
misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la
muerte. Y es también el mismo Cristo, Hijo de Dios, quien al término
-y en cierto sentido, más allá del término- de su misión mesiánica,
ser revela a sí mismo como fuente inagotable de la misericordia, del
mismo amor que, en la perspectiva ulterior de la historia de la
salvación en la Iglesia, debe confirmarse perennemente más fuerte
que el pecado. El Cristo pascual es la encarnación definitiva de la
misericordia, su signo viviente: histórico-salvífico y a la vez
escatológico. En el mismo espíritu, la liturgia del tiempo pascual
pone en nuestros labios las palabras del salmo: "Cantaré eternamente
las misericordias del Señor".
LA MADRE DE LA MISERICORDIA
9.1. En estas palabras pascuales
de la Iglesia resuenan en la plenitud de su contenido profético las
ya pronunciadas por María durante la visita hecha a Isabel, mujer de
Zacarías: "Su misericordia de generación en generación". Ellas, ya
desde el momento de la encarnación, abren una nueva perspectiva en
la historia de la salvación. Después de la resurrección de Cristo,
esta perspectiva se hace nueva en el aspecto histórico y, a la vez,
lo es en sentido escatológico. Desde entonces se van sucediendo
siempre nuevas generaciones de hombres dentro de la inmensa familia
humana, en dimensiones crecientes; se van sucediendo además nuevas
generaciones del Pueblo de Dios, marcadas por el estigma de la cruz
y de la resurrección, "selladas" a la vez con el signo del misterio
pascual de Cristo, revelación absoluta de la misericordia proclamada
por María en el umbral de la casa de su pariente: "su misericordia
de generación en generación".
9.2. Además María es la que de
manera singular y excepcional ha experimentado -como nadie- la
misericordia y, también de manera excepcional, ha hecho posible con
el sacrificio de su corazón la propia participación en la revelación
de la misericordia divina. Tal sacrificio está estrechamente
vinculado con la cruz de su Hijo, a cuyos pies ella se encontraría
en el Calvario. Este sacrificio suyo es una participación singular
en la revelación de la misericordia, es decir, en la absoluta
fidelidad de Dios al propio amor, a la alianza querida por El desde
la eternidad y concluida en el tiempo con el hombre, con el pueblo,
con la humanidad; es la participación en la revelación
definitivamente cumplida a través de la cruz. Nadie ha
experimentado, como la Madre del Crucificado, el misterio de la
cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el
amor: el "beso" dado por la misericordia a la justicia. Nadie como
ella, María, la a acogido de corazón ese misterio: aquella dimensión
verdaderamente divina de la redención, llevada a efecto en el
Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de
su corazón de madre, junto con su "fiat" definitivo.
9.3. María, pues, es la que conoce
más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y
sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la
misericordia: Virgen de la misericordia o Madre de la divina
misericordia; en cada uno de estos títulos se encierra un profundo
significado teológico, porque expresan la preparación particular de
su alma, de toda su personalidad, sabiendo ver primeramente a través
de los complicados acontecimientos de Israel, y de todo hombre y de
la humanidad entera después, aquella misericordia de la que "por
todas las generaciones" nos hacemos partícipes según el eterno
designio de la Santísima Trinidad.
9.4. Los susodichos títulos que
atribuimos a la Madre de Dios nos hablan, no obstante, de ella, por
encima de todo, como Madre del Crucificado y del Resucitado; como de
aquella que, habiendo experimentado la misericordia de modo
excepcional, "merece" de igual manera tal misericordia a lo largo de
toda su vida terrena, en particular a los pies de la cruz de su
Hijo; finalmente, como de aquella que a través de la participación
escondida y, al mismo tiempo, incomparable en la misión mesiánica de
su Hijo ha sido llamada singularmente a acercar los hombres al amor
que El había venido a revelar: amor que halla su expresión más
concreta en aquellos que sufren, en los pobres, los prisioneros, los
que no ven, los oprimidos y los pecadores, tal como habló de ellos
Cristo, siguiendo la profecía de Isaías, primero en la sinagoga de
Nazaret y más tarde en respuesta a la pregunta hecha por los
enviados de Juan Bautista.
9.5. Precisamente, en este amor
"misericordioso", manifestado ante todo en contacto con el mal moral
y físico, participaba de manera singular y excepcional el corazón de
la que fue Madre del Crucificado y del Resucitado -participaba
María-. En ella y por ella, tal amor no cesa de revelarse en la
historia de la Iglesia y de la humanidad. Tal revelación es
especialmente fructuosa, porque se funda, por parte de la Madre de
Dios, sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su
sensibilidad particular, sobre su especial aptitud para llegar a
todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de
parte de una madre. Es éste uno de los misterios más grandes y
vivificantes del cristianismo, tan íntimamente vinculado con el
misterio de la encarnación.
9.6. "Esta maternidad de María en
la economía de la gracia -tal como se expresa el Concilio Vaticano
II- perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó
fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la
cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues
asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que
con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la
salvación eterna. Con su amor materno cuida a los hermanos de su
Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad
hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada".
VI. "MISERICORDIA" DE GENERACIÓN EN GENERACION
IMAGEN DE NUESTRA GENERACIÓN
10.1. Tenemos pleno derecho a
creer que también nuestra generación está comprendida en las
palabras de la Madre de Dios, cuando glorificaba la misericordia, de
la que "de generación en generación" son partícipes cuantos se dejan
guiar por el temor de Dios. Las palabras del Magnificat mariano
tienen un contenido profético, que afecta no sólo al pasado de
Israel, sino también al futuro del Pueblo de Dios sobre la tierra.
Somos en efecto todos nosotros, los que vivimos hoy en la tierra, la
generación que es consciente del aproximarse del tercer milenio y
que siente profundamente el cambio que se está verificando en la
historia.
10.2. La presente generación se
siente privilegiada porque el progreso le ofrece tantas
posibilidades, insospechadas hace solamente unos decenios. la
actividad creadora del hombre, su inteligencia y su trabajo, han
provocado cambios profundos, tanto en el dominio de la ciencia y de
la técnica como en la vida social y cultural. El hombre ha extendido
su poder sobre la naturaleza; ha adquirido un conocimiento más
profundo de las leyes de su comportamiento social. Ha visto
derrumbarse o atenuarse los obstáculos y distancias que separan
hombres y naciones por un sentido acrecentado de lo universal, por
una conciencia más clara de la unidad del genero humano, por la
aceptación de la dependencia recíproca dentro de una solidaridad
auténtica, finalmente por el deseo -y la posibilidad- de entrar en
contacto con sus hermanos y hermanas por encima de las divisiones
artificiales de la geografía o las fronteras nacionales o raciales.
Los jóvenes de hoy día, sobre todo, saben que los progresos de la
ciencia y de la técnica, son capaces de aportar no sólo nuevos
bienes materiales, sino también una participación más amplia a su
conocimiento.
10.3. El desarrollo de la
informática, por ejemplo, multiplicará la capacidad creadora del
hombre y le permitirá el acceso a las riquezas intelectuales y
culturales de otros pueblos. Las nuevas técnicas de la comunicación
favorecerán una mayor participación en los acontecimientos y un
intercambio creciente de las ideas. Las adquisiciones de la ciencia
biológica, psicológica o social ayudarán al hombre a penetrar mejor
en la riqueza de su propio ser. Y si es verdad que ese progreso
sigue siendo todavía muy a menudo el privilegio de los países
industrializados, no se puede negar que la perspectiva de hacer
beneficiarios a todos los pueblos y a todos los países no es ya una
simple utopía, dado que existe una real voluntad política a este
respecto.
10.4. Pero al lado de todo esto -o
más bien en todo esto- existen al mismo tiempo dificultades que se
manifiestan en todo crecimiento. Existen inquietudes e
imposibilidades que atañen a la respuesta profunda que el hombre
sabe que debe dar. El panorama del mundo contemporáneo presenta
también sombras y desequilibrios no siempre superficiales. La
Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II no es
ciertamente el único documento que trata de la vida de la generación
contemporánea, pero es un documento de particular importancia.
10.5. "En verdad, los
desequilibrios que sufre el mundo moderno -leemos en ella- están
conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus
raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se
combaten en el propio interior del hombre. A fuer de criatura, el
hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo,
ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por
muchas solicitaciones tiene que elegir y renunciar. Más aún, como
enfermo y pecador, querría hacer lo que no quiere y deja de hacer lo
que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división
que tantas y tan graves discordias provocan en la sociedad".
10.6. Hacia el final de la
exposición introductoria de la misma, leemos: ... ante la actual
evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean
o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más
fundamentales: ¿qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del
mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos,
subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan
caro precio?
10.7. En el marco de estos quince
años, a partir de la conclusión del Concilio Vaticano II, ¿se ha
hecho quizá menos inquietante aquel cuadro de tensiones y de
amenazas propias de nuestra época? Parece que no. Al contrario, las
tensiones y amenazas que en el documento conciliar parecían
solamente delinearse y no manifestar hasta el fondo todo el peligro
que escondían dentro de sí, en el espacio de estos años se han ido
revelando mayormente, han confirmado aquel peligro y no permiten
nutrir las ilusiones de un tiempo.
FUENTES DE INQUIETUD
11.1. De ahí que aumente en
nuestro mundo la sensación de amenaza. Aumenta el temor existencial
ligado sobre todo -como ya insinué en la Encíclica Redemptor
Hominis- a la perspectiva de un conflicto que, teniendo en cuenta
los actuales arsenales atómicos, podría significar la
autodestrucción parcial de la humanidad. Sin embargo, la amenaza no
concierne únicamente a lo que los hombres pueden hacer a los
hombres, valiéndose de los medios de la técnica militar; afecta
también a otros muchos peligros, que son el producto de una
civilización materialística, la cual -no obstante declaraciones
"humanísticas"- acepta la primacía de las cosas sobre la persona. El
hombre contemporáneo tiene, pues, miedo de que con el uso de los
medios inventados por este tipo de civilización, cada individuo lo
mismo que los ambientes, las comunidades, las sociedades, las
naciones, pueda ser víctima del atropello de otros individuos,
ambientes, sociedades. La historia de nuestro siglo ofrece
abundantes ejemplos. A pesar de todas las declaraciones sobre los
derechos del hombre en su dimensión integral, esto es, en su
existencial corporal y espiritual, no podemos decir que estos
ejemplos sean solamente cosa del pasado.
11.2. El hombre tiene precisamente
miedo de ser víctima de una opresión que lo prive de la libertad
interior, de la posibilidad de manifestar exteriormente la verdad de
la que está convencido, de la fe que profesa, de la facultad de
obedecer a la voz de la conciencia que le indica la recta vía a
seguir. Los medios técnicos a disposición de la civilización actual,
ocultan, en efecto, no sólo la posibilidad de una auto-destrucción
por vía de un conflicto militar, sino también la posibilidad de una
subyugación "pacífica" de los individuos, de los ambientes de vida,
de sociedades enteras y de naciones, que por cualquier motivo pueden
resultar incómodos a quienes disponen de medios suficientes y están
dispuestos a servirse de ellos sin escrúpulos. Se piense también en
la tortura, todavía existente en el mundo, ejercida sistemáticamente
por la autoridad como instrumento de dominio y de atropello político
y practicada impunemente por los subalternos.
11.3. Así pues, junto a la
conciencia de la amenaza biológica, crece la conciencia de otra
amenaza, que destruye aún más lo que esencialmente humano, lo que
está en conexión íntima con la dignidad de la persona, con su
derecho a la verdad y a la libertad.
11.4. Todo esto se desarrolla
sobre el fondo de un gigantesco remordimiento constituido por el
hecho de que, al lado de los hombres y de las sociedades bien
acomodadas y saciadas, que viven en la abundancia, sujetas al
consumismo y al disfrute, no faltan dentro de la misma familia
humana individuos ni grupos sociales que sufren el hambre. No faltan
en diversas partes del mundo, en diversos sistemas socioeconómicos,
áreas enteras de miseria, de deficiencia y de subdesarrollo. Este
hecho es universalmente conocido.
11.5. El estado de desigualdad
entre hombres y pueblos no sólo perdura, sino que va en aumento.
Sucede todavía que, al lado de los que viven acomodados y en la
abundancia, existen otros que viven en la indigencia, sufren la
miseria y con frecuencia mueren incluso de hambre; y su número
alcanza decenas y centenares de millones. Por esto, la inquietud
moral está destinada a haberse más profunda. Evidentemente, un
defecto fundamental o más bien un conjunto de defectos, más aún, un
mecanismo defectuoso está en la base de la economía contemporánea y
de la civilización materialista, que no permite a la familia humana
alejarse, yo diría, de situaciones tan radicalmente injustas.
11.6. Esta imagen del mundo de
hoy, donde existe tanto mal físico y moral como para hacer de él un
mundo enredado en contradicciones y tensiones y, al mismo tiempo,
lleno de amenazas dirigidas contra la libertad humana, la conciencia
y la religión, explica la inquietud a la que está sujeto el hombre
contemporáneo. Tal inquietud es experimentada no sólo por quienes
son marginados u oprimidos, sino también por quienes disfrutan de
los privilegios de la riqueza, del progreso, del poder. Y, si bien
no faltan tampoco quienes buscan poner al descubierto las causas de
tales inquietudes o reaccionar con medios inmediatos puestos a su
alcance por la técnica, la riqueza o el poder, sine embargo, en lo
más profundo del ánimo humano esa inquietud supera todos los medios
provisionales. Afecta -como han puesto justamente de relieve los
análisis del Concilio Vaticano II- los problemas fundamentales de
toda la existencia humana. Esta inquietud está vinculada con el
sentido mismo de la existencia del hombre en el mundo; es inquietud
para el futuro del hombre y de toda la humanidad, y exige
resoluciones decisivas que ya parecen imponerse al género humano.
¿BASTA LA JUSTICIA?
12.1. No es difícil constatar que
el sentido de la justicia se ha despertado a gran escala en el mundo
contemporáneo; sin duda, ello pone mayormente de relieve lo que está
en contraste con la justicia tanto en las relaciones entre los
hombres, los grupos sociales o las "clases", como entre cada uno de
los pueblos y estados, y entre los sistemas políticos, más aún,
entre los diversos mundos. Esta corriente profunda y multiforme, en
cuya base la conciencia la conciencia humana contemporánea ha
situado la justicia, atestigua el carácter ético de las tensiones y
de las luchas que invaden el mundo.
12.2. La Iglesia comparte con los
hombres de nuestro tiempo este profundo y ardiente deseo de una vida
justa bajo todos los aspectos y no se abstiene ni siquiera de
someter a reflexión los diversos aspectos de la justicia, tal como
lo exige la vida de los hombres y de las sociedades. Prueba de ello
es el campo de la doctrina social católica ampliamente desarrollada
en el arco del último siglo. Siguiendo las huellas de tal enseñanza
procede la educación y la formación de las conciencias humanas en el
espíritu de la justicia, lo mismo que las iniciativas concretas,
sobre todo en el ámbito del apostolado de los seglares, que se van
desarrollando en tal sentido.
12.3. No obstante, sería difícil
no darse uno cuenta que no raras veces los programas que parten de
la idea de justicia y que deben servir a ponerla en práctica en la
convivencia de los hombres, de los grupos y de las sociedades
humanas, en la práctica sufren deformaciones. Por más que
sucesivamente recurran a la misma idea de justicia, sin embargo la
experiencia demuestra que otras fuerzas negativas, como son el
rencor, el odio e incluso la crueldad han tomado la delantera a la
justicia. En tal caso el ansia de aniquilar al enemigo, de limitar
su libertad y hasta de imponerle una dependencia total, se convierte
en el motivo fundamental de la acción; esto contrasta con la esencia
de la justicia, la cual tiende por naturaleza a establecer la
igualdad y la equiparación entre las partes en conflicto. Esta
especie de abuso de la idea de justicia y la alteración práctica de
ella atestiguan hasta qué punto la acción humana puede alejarse de
la misma justicia, por más que se haya emprendido en su nombre.
12.4. No en vano Cristo contestaba
a sus oyentes, fieles a la doctrina del Antiguo Testamento, la
actitud que ponían de manifiesto las palabras: "Ojo por ojo y diente
por diente". Tal era la forma de alteración de la justicia en
aquellos tiempos; las formas de hoy día siguen teniendo en ella su
modelo. En efecto, es obvio que, en nombre de una presunta justicia
(histórica o de clase, por ejemplo), tal vez se aniquila al prójimo,
se le mata, se le priva de la libertad, se le despoja de los
elementales derechos humanos. La experiencia del pasado y de
nuestros tiempos demuestra que la justicia por sí sola no es
suficiente y que, más aún, puede conducir a la negación y al
aniquilamiento de sí misma, si no se le permite a esa forma más
profunda que es el amor plasmar la vida humana en sus diversas
dimensiones.
12.5. Ha sido ni más ni menos la
experiencia histórica la que entre otras cosas ha llevado a formular
esta aserción: summum ius, summa iniuria. Tal afirmación no
disminuye el valor de la justicia ni atenúa el significado del orden
instaurado sobre ella; indica solamente, en otro aspecto, la
necesidad de recurrir a las fuerzas del espíritu, más profundas aún,
que condicionan el orden mismo de la justicia.
12.6. Teniendo a la vista la
imagen de la generación a la que pertenecemos, la Iglesia comparte
la inquietud de tantos hombres contemporáneos. Por otra parte,
debemos preocuparnos también por el ocaso de tantos valores
fundamentales que constituyen un bien indiscutible no sólo de la
moral cristiana, sino simplemente de la moral humana, de la cultura
moral, como el respeto a la vida humana desde el momento de la
concepción, el respeto al matrimonio en su unidad indisoluble, el
respeto a la estabilidad de la familia. El permisivismo moral afecta
sobre todo a este ámbito más sensible de la vida y de la convivencia
humana. A él van unidas las crisis de la verdad en las relaciones
interhumanas, la falta de responsabilidad al hablar, la relación
meramente utilitaria del hombre con el hombre, la disminución del
sentido del auténtico bien común y la facilidad con que éste es
enajenado. Finalmente, existe la desacralización que a veces se
transforma en "deshumanización": el hombre y la sociedad para
quienes nada es "sacro" van decayendo moralmente, a pesar de las
apariencias.
VII. LA MISERICORDIA DE DIOS EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA LA
IGLESIA PROFESA LA MISERICORDIA DE DIOS Y LA PROCLAMA
13.1. En relación con esta imagen
de nuestra generación, que no deja de suscitar una profunda
inquietud, vienen a la mente las palabras que, con motivo de la
encarnación del Hijo de Dios, resonaron en el Magnificat de María y
que cantan la "misericordia... de generación en generación".
Conservando siempre en el corazón la elocuencia de estas palabras
inspiradas y aplicándolas a las experiencias y sufrimientos propios
de la gran familia humana, es menester que la Iglesia de nuestro
tiempo adquiera conciencia más honda y concreta de la necesidad de
dar testimonio de la misericordia de Dios en toda su misión,
siguiendo las huellas de la tradición de la Antigua y Nueva Alianza,
en primer lugar del mismo Cristo y de sus Apóstoles.
13.2. La Iglesia debe dar
testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo, en toda su
misión de Mesías, profesándola principalmente como verdad salvífica
de fe necesaria para una vida coherente con la misma fe, tratando
después de introducirla y encarnarla en la vida bien sea de sus
fieles, bien sea -en cuanto posible- en la de todos los hombres de
buena voluntad. Finalmente, la Iglesia -profesando la misericordia y
permaneciendo siempre fiel a ella- tienen el derecho y el deber de
recurrir a la misericordia de Dios, implorándola frente a todos los
fenómenos del mal físico y moral, ante todas las amenazas que pesan
sobre el entero horizonte de la vida de la humanidad contemporánea.
13.3. La Iglesia debe profesar y
proclamar la misericordia divina en toda su verdad, la cual nos ha
sido transmitida por la revelación. En las páginas precedentes de
este documento hemos tratado de delinear al menos el perfil de esta
verdad que encuentra tan rica expresión en toda la Sagrada Escritura
y en la Tradición. En la vida cotidiana de la Iglesia la verdad
acerca de la misericordia de Dios, expresada en la Biblia, resuena
cual eco perenne a través de numerosas lecturas de la Sagrada
Liturgia. la percibe el auténtico sentido de la fe del Pueblo de
Dios, como atestiguan varias expresiones de la piedad personal y
comunitaria.
13.4. Sería ciertamente difícil
enumerarlas y resumirlas todas, ya que la mayor parte de ellas están
vivamente inscritas en lo íntimo de los corazones y de las
conciencias humanas. Si algunos teólogos afirman que la misericordia
es el más grande entre los atributos y las perfecciones de Dios, la
Biblia, la Tradición y toda la vida de fe del Pueblo de Dios dan
testimonios exhaustivos de ello. No se trata aquí de la perfección
de la inescrutable esencia de Dios dentro del misterio de la misma
divinidad, sino de la perfección y del atributo por que el hombre,
en la verdad íntima de su existencia, se encuentra particularmente
cerca y no raras veces con el Dios vivo. Conforme a las palabras
dirigidas por Cristo a Felipe, "la visión del Padre" -visión de Dios
mediante la fe- halla precisamente en el encuentro con su
misericordia un momento singular de sencillez interior y de verdad,
semejante a la que encontramos en la parábola del hijo pródigo.
13.5. "Quien me ha visto a mi, ha
visto al Padre". La Iglesia profesa la misericordia de Dios; la
Iglesia vive de ella en su amplia experiencia de fe y también en sus
enseñanzas, contemplando constantemente a Cristo, concentrándose en
El, en su vida y en su evangelio, en su cruz y en su resurrección,
en su misterio entero. Todo esto que forma la "visión" de Cristo en
la fe viva y en la enseñanza de la Iglesia nos acerca a la "visión
del Padre" en la santidad de su misericordia. La Iglesia parece
profesar de manera particular la misericordia de Dios y venerarla
dirigiéndose al corazón de Cristo. En efecto, precisamente el
acercarnos a Cristo en el misterio de su corazón, nos permite
detenernos en este punto -en un cierto sentido central y al mismo
tiempo accesible en el plano humano- de la revelación del amor
misericordioso del Padre, que ha constituido el núcleo central de la
misión mesiánica del Hijo del Hombre.
13.6. La Iglesia vive una vida
auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia - el atributo
más estupendo del Creador y del Redentor- y cuando acerca a los
hombres a las fuentes de la misericordia del salvador, de las que es
depositaria y dispensadora. En este ámbito tiene un gran significado
la meditación constante de la palabra de Dios, y sobre todo la
participación consciente y madura en la Eucaristía y en el
sacramento de la penitencia o reconciliación. La Eucaristía nos
acerca siempre a aquel amor que es más fuerte que la muerte: en
efecto, "cada vez que comemos de este pan o bebemos de este cáliz",
no sólo anunciamos la muerte del redentor, sino que además
proclamamos su resurrección, mientras esperamos su venida en la
gloria.
13.7. El mismo rito eucarístico,
celebrado en memoria de quien en su misión mesiánica nos ha revelado
al Padre, por medio de la palabra y de la cruz, atestigua el amor
inagotable, en virtud del cual desea siempre El unirse e
identificarse con nosotros, saliendo al encuentro de todos los
corazones humanos. En el sacramento de la penitencia o
reconciliación el que allana el camino a cada uno, incluso cuando se
siente bajo el peso de grandes culpas. En este sacramento cada
hombre puede experimentar de manera singular la misericordia, es
decir, el amor que es más fuerte que el pecado. Se ha hablado ya de
ello en la encíclica Redemptor Hominis; convendrá sine embargo
volver una vez más sobre este tema fundamental.
13.8. Precisamente porque existe
el pecado en el mundo, al que "Dios amó tanto... que le dio su Hijo
unigénito", Dios que "es amor" no puede revelarse de otro modo si no
es como misericordia. Esta corresponde no sólo con la verdad más
profunda de ese amor que es Dios, sino también con la verdad
interior del hombre y del mundo que es su patria temporal.
13.9. La misericordia en sí misma,
en cuanto perfección de Dios infinito es también infinita. Infinita
pues e inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos
pródigos que vuelve a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza
del perdón que brotan continuamente del valor admirable del
sacrificio de su Hijo. No hay pecado humano que prevalezca por
encima de este fuerza y ni siquiera que la limite. Por parte del
hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la
falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su
perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad
especialmente frente al testimonio de la cruz y de la resurrección
de Cristo.
13.10. Por tanto, la Iglesia
profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste
siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es
paciente y benigno a medida del Creador y Padre; el amor, al que
"Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo" es fiel hasta las últimas
consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la
cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión de
a Dios es siempre fruto del "reencuentro" de este Padre, rico en
misericordia.
13.11. El auténtico conocimiento
de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, no solamente
como momentáneo acto interior, sino también como disposición
estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo
a Dios, quienes lo "ven" así, no pueden vivir sino convirtiéndose
sin cesar a El. Viven pues in statu conversiones; es este estado el
que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo
hombre por la tierra in statu viatoris. Es evidente que la Iglesia
profesa la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y
resucitado, no sólo con la palabra de sus enseñanzas, sino, por
encima de todo, con la más profunda pulsación de la vida de todo el
Pueblo de Dios. Mediante este testimonio de vida, la Iglesia cumple
la propia misión del Pueblo de Dios, misión que es participación y,
en cierto sentido, continuación de la misión mesiánica del mismo
Cristo.
13.12. La Iglesia contemporánea es
altamente consciente de que únicamente sobre la base de la
misericordia de Dios podrá hacer realidad los cometidos que brotan
de la doctrina del Concilio Vaticano II, en primer lugar el cometido
ecuménico que tiende a unir a todos los que confiesan a Cristo.
Iniciando múltiples esfuerzos en tal dirección, la Iglesia confiesa
con humildad que sólo ese amor, más fuerte que la debilidad de las
divisiones humanas, puede realizar definitivamente la unidad por la
que oraba Cristo al Padre y que el Espíritu no cesa de pedir para
nosotros "con gemidos inenarrables'.
LA IGLESIA TRATA DE PRACTICAR LA MISERICORDIA
14.1. Jesucristo ha enseñado que
el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino
que está llamado a "una misericordia" con los demás:
"Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia". La Iglesia ve en estas palabras una llamada a la
acción y se esfuerza por practicar la misericordia". Si todas las
bienaventuranzas del sermón de la montaña indican el camino de la
conversión y del cambio de vida, la que se refiere a los
misericordiosos es a este respecto particularmente elocuente. El
hombre alcanza el amor misericordioso de Dios, su misericordia, en
cuanto él mismo interiormente se transforma en el espíritu de tal
amor hacia el prójimo.
14.2.. Este proceso auténticamente
evangélico no es sólo una transformación espiritual realizada de una
vez para siempre, sino que constituye todo un estilo de vida, una
característica esencial y continua de la vocación cristiana.
Consiste en el descubrimiento constante y en la actuación
perseverante del amor en cuanto fuerza unificante y a la vez
elevante: -a pesar de todas las dificultades de naturaleza
psicológica o social- se trata, en efecto, de un amor misericordioso
que por su esencia es amor creador. El amor misericordioso, en las
relaciones recíprocas entre los hombres, no es nunca un acto o un
proceso unilateral.
14.3. Incluso en los casos en que
todo parecería indicar que sólo una parte es la que da y ofrece,
mientras la otra sólo recibe y toma (por ejemplo, en el caso del
médico que cura, del maestro que enseña, de los padres que mantienen
y educan a los hijos, del benefactor que ayuda a los menesterosos),
sin embargo, en realidad, también aquel que da, queda siempre
beneficiado. En todo caso, también éste puede encontrarse fácilmente
en la posición del que recibe, obtiene un beneficio, prueba el amor
misericordioso, o se encuentra en estado de ser objeto de
misericordia.
14.4. Cristo crucificado, en este
sentido, es para nosotros el modelo, la inspiración y el impulso más
grande. Basándonos en este desconcertante modelo, podemos con toda
humildad manifestar misericordia a los demás, sabiendo que la recibe
como demostrada a El mismo. Sobre la base de este modelo, debemos
purificar también continuamente todas nuestras acciones y todas
nuestras intenciones, allí donde la misericordia es entendida y
practicada de manera unilateral, como bien hecho a los demás. Sólo
entonces, en efecto, es realmente un acto de amor misericordioso:
cuando, practicándola, nos convencemos profundamente de que al mismo
tiempo la experimentamos por parte de quienes la aceptan de
nosotros. Si falta esta bilateralidad, esta reciprocidad, entonces
nuestras acciones no son aún auténticos actos de misericordia, ni se
ha cumplido plenamente en nosotros la conversión, cuyo camino nos ha
sido manifestado por Cristo con la palabra y con el ejemplo hasta la
cruz, ni tampoco participamos completamente en la magnifica fuente
del amor misericordioso que nos ha sido revelado por El.
14.5. Así pues, el camino que
Cristo nos ha manifestado en el sermón de la montaña con la
bienaventuranza de los misericordiosos, es mucho más rico de lo que
podemos observar a veces en los comunes juicios humanos sobre el
tema de la misericordia. Tales juicios consideran la misericordia
como un acto o proceso unilateral que presupone y mantiene las
distancias entre el que usa misericordia y el que es gratificado,
entre el que hace el bien y el que lo recibe. Deriva de ahí la
pretensión de liberar de la misericordia las relaciones interhumanas
y sociales, y basarlas únicamente en la justicia. No obstante, tales
juicios acerca de la misericordia no descubren la vinculación
fundamental entre la misericordia y la justicia, de que habla toda
la tradición bíblica y en particular la misión mesiánica de
Jesucristo. La auténtica misericordia es por decirlo así la fuente
más profunda de la justicia. Si ésta última es de por sí apta para
servir de "árbitro" entre los hombres en la recíproca repartición de
los bienes objetivos según una media adecuada; el amor en cambio, y
solamente el amor, (también ese amor benigno que llamamos
"misericordia") es capaz de restituir el hombre a sí mismo.
14.6. La misericordia
auténticamente cristiana es también, en cierto sentido, la más
perfecta encarnación de la "igualdad" entre los hombres y por
consiguiente también la encarnación más perfecta de la justicia, en
cuanto también ésta, dentro de su ámbito, mira al mismo resultado.
La igualdad introducida mediante la justicia se limita, sin embargo,
el ámbito de los bienes objetivos y extrínsecos, mientras el amor y
la misericordia logran que los hombres se encuentren entre sí en ese
valor que es el mismo hombre, con la dignidad que le es propia. Al
mismo tiempo, la "igualdad" de los hombres mediante el amor
"paciente y benigno" no borra las diferencias: el que da se hace más
generoso, cuando se siente contemporáneamente gratificado por el que
recibe su don; viceversa, el que sabe recibir el don con la
conciencia de que también él, acogiéndolo, hace el bien, sirve por
su parte a la gran causa de la dignidad de la persona y esto
contribuye a unir a los hombres entre sí de manera más profunda.
14.7. Así pues, la misericordia se
hace elemento indispensable para plasmar las relaciones mutuas entre
los hombres, en el espíritu del más profundo respeto de lo que es
humano y de la recíproca fraternidad. Es imposible lograr establecer
este vínculo entre los hombres si se quiere la justicia. Esta, en
todas las esferas de las relaciones interhumanas, debe experimentar
por decirlo así, una notable "corrección" por parte del amor que
-como proclama san Pablo- es "paciente" y "benigno", o dicho en
otras palabras, lleva en sí los caracteres del amor misericordioso
tan esenciales al evangelio y al cristianismo. Recordemos además que
el amor misericordioso indica también esa cordial ternura y
sensibilidad, de que tan elocuentemente nos habla la parábola del
hijo pródigo o la de la oveja extraviada o la de la dracma perdida.
Por tanto, el amor misericordioso es sumamente indispensable entre
aquellos que están más cercanos: entre los esposos, entre los padres
e hijos, entre amigos; es también indispensable en la educación y en
la pastoral.
14.8. Su radio de acción, no
obstante, no halla aquí su término. Si Pablo VI indicó en más de una
ocasión la "civilización del amor" como fin al que deben tender
todos los esfuerzos en campo social y cultural, lo mismo que
económico y político, hay que añadir que este fin no se conseguirá
nunca, si en nuestras concepciones y actuaciones, relativas a las
amplias y complejas esferas de la convivencia humana, nos detenemos
en el criterio del "ojo por ojo, diente por diente" y no tendemos en
cambio a transformarlo esencialmente, superándolo con otro espíritu.
Ciertamente, en tal dirección nos conduce también el Concilio
Vaticano II cuando hablando repetidas veces de la necesidad de hacer
el mundo más humano, individúa la misión de la Iglesia en el mundo
contemporáneo precisamente en la realización de tal cometido. El
mundo de los hombres puede hacerse cada vez más humano, únicamente
si introducimos en el ámbito pluriforme de las relaciones humanas y
sociales, junto con la justicia, el "amor misericordioso" que
constituye el mensaje mesiánico del evangelio.
14.9. El mundo de los hombres
puede hacerse "cada vez más humano", solamente si en todas las
relaciones recíprocas que plasman su rostro moral introducimos el
momento del perdón, tan esencial al evangelio. El perdón atestigua
que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado. El
perdón es además la condición fundamental de la reconciliación, no
sólo en la relación de Dios con el hombre, sino también en las
recíprocas relaciones entre los hombres. Un mundo, del que se
eliminase el perdón, sería solamente un mundo de justicia fría e
irrespetuosa, en nombre de la cual uno reivindicaría sus propios
derechos respecto a los demás; así los egoísmos de distintos
géneros, adormecidos en el hombre, podrían transformar la vida y la
convivencia humana en un sistema de opresión de los más débiles por
parte de los más fuertes o en una arena de lucha permanente de los
unos contra los otros.
14.10. Por esto, la Iglesia debe
considerar como uno de sus deberes principales -en cada etapa de la
historia y especialmente en la edad contemporánea- el de proclamar e
introducir en la vida el misterio de la misericordia, revelado en
sumo grado en Cristo Jesús. Este misterio, no sólo para la misma
Iglesia en cuanto comunidad de creyentes, sino también en cierto
sentido para todos los hombres, es fuente de una vida diversa de la
que el hombre, expuesto a las fuerzas prepotentes de la triple
concupiscencia que obran en él, está en condiciones de construir.
Precisamente en nombre de este misterio Cristo nos enseña a perdonar
siempre. ¡Cuántas veces repetimos las palabras de la oración que El
mismo nos enseñó, pidiendo: "perdónanos nuestras deudas como
nosotros perdonamos a nuestros deudores", es decir, a aquellos que
son culpables de algo respecto a nosotros!.
14.11. Es en verdad difícil
expresar el valor profundo de la actitud que tales palabras trazan e
inculcan. ¡Cuántas cosas dicen estas palabras a todo hombre acerca
de su semejante y también acerca de sí mismo! La conciencia de ser
deudores unos de otros va pareja con la llamada a la solidaridad
fraterna que san Pablo ha expresado en la invitación concisa a
soportarnos "mutuamente con amor". ¡Qué lección de humildad se
encierra aquí respecto del hombre, del prójimo y de sí mismo a la
vez! ¡Qué escuela de buena voluntad para la convivencia de cada día,
en las diversas condiciones de nuestra existencia! Si
desatendiéramos esta lección, ¿qué quedaría de cualquier programa
"humanístico" de la vida y de la educación?.
14.12. Cristo subraya con tanta
insistencia la necesidad de perdonar a los demás que a Pedro, el
cual le había preguntado cuántas veces debería perdonar al prójimo,
le indicó la cifra simbólica de "setenta veces siete", queriendo
decir con ello que debería saber perdonar a todos y siempre. Es
obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las
objetivas exigencias de la justicia. La justicia rectamente
entendida constituye por así decirlo la finalidad del perdón. En
ningún paso del mensaje evangélico el perdón, y ni siquiera la
misericordia como su fuente, significan indulgencia para con el mal,
para con el escándalo, la injuria, el ultraje cometido. En todo
caso, la reparación del mal o del escándalo, el resarcimiento por la
injuria, la satisfacción del ultraje con condición del perdón.
14.13. Así pues la estructura
fundamental de la justicia penetra siempre en el campo de la
misericordia. Esta, sin embargo, tiene la fuerza de conferir a la
justicia un contenido nuevo que se expresa de la manera más sencilla
y plena en el perdón. Este en efecto manifiesta que, además del
proceso de "compensación" y de "tregua" que es específico de la
justicia, es necesario el amor, para que el hombre se corrobore como
tal. El cumplimiento de las condiciones de la justicia es
indispensable, sobre todo, a fin de que el amor pueda revelar el
propio rostro. Al analizar la parábola del hijo pródigo, hemos
llamado ya la atención sobre el hecho de que aquel que perdona y
aquel que es perdonado se encuentran en un punto esencial, que es la
dignidad, es decir, el valor esencial del hombre que no puede
dejarse perder y cuya afirmación y cuyo reencuentro es fuente de la
más grande alegría.
14.14. La Iglesia considera
justamente como propio deber, como finalidad de la propia misión,
custodiar la autenticidad del perdón, tanto en la vida y en el
comportamiento como en la educación y en la pastoral. Ella no la
protege de otro modo más que custodiando la fuente, esto es, el
misterio de la misericordia de Dios mismo, revelado en Jesucristo.
14.15. En la base de la misión de
la Iglesia, en todas las esferas de que hablan numerosas
indicaciones del reciente Concilio y la plurisecular experiencia del
apostolado, no hay más que el "sacar de las fuentes del Salvador",
es esto lo que traza múltiples orientaciones a la misión de la
Iglesia en la vida de cada uno de los cristianos, de las comunidades
y también de todo el Pueblo de Dios. Este "sacar de las fuentes del
Salvador" no puede ser realizado de otro modo, si no es en el
espíritu de aquella pobreza a la que nos ha llamado el Señor con la
palabra y el ejemplo: "lo que habéis recibido gratuitamente, dadlo
gratuitamente". Así, en todos los caminos de la vida y del
ministerio de la Iglesia -a través de la pobreza evangélica de los
ministros y dispensadores, y del pueblo entero que da testimonio "de
todas las obras del Señor"- se ha manifestado aún mejor el Dios
"rico en misericordia".
VIII. ORACIÓN DE LA IGLESIA DE NUESTROS TIEMPOS
LA IGLESIA RECURRE A LA
MISERICORDIA DIVINA
15.1. La Iglesia proclama la
verdad de la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y
resucitado, y la profesa de varios modos. Además, trata de practicar
la misericordia para con los hombres a través de los hombres, viendo
en ello una condición indispensable de la solicitud por un mundo
mejor y "más humano", hoy y mañana. Sin embargo, en ningún momento y
en ningún período histórico -especialmente en una época tan crítica
como la nuestra- la Iglesia puede olvidar la oración que es un grito
a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan
sobre la humanidad y la amenazan. Precisamente éste es el
fundamental derecho-deber de la Iglesia en Jesucristo: es el
derecho-deber de la Iglesia para con Dios y para con los hombres. La
conciencia humana cuanto más pierde el sentido del significado mismo
de la palabra "misericordia", sucumbiendo a la secularización;
cuanto más se distancia del misterio de la misericordia alejándose
de Dios, tanto más la Iglesia tiene el derecho y el deber de
recurrir al Dios de la misericordia "con poderosos clamores".
15.2. Estos poderosos clamores
deben estar presentes en la Iglesia de nuestros tiempos, dirigidos a
Dios, para implorar su misericordia, cuya manifestación ella profesa
y proclama en cuanto realizada en Jesús crucificado y resucitado,
esto es, en el misterio pascual. Es este misterio el que lleva en sí
la más completa revelación de la misericordia, es decir, del amor
que es más fuerte que la muerte, más fuerte que el pecado y que todo
mal, del amor que eleva al hombre de las caídas graves y lo libera
de las más grandes amenazas.
15.3. El hombre contemporáneo
siente estas amenazas. Lo que, a este respecto, ha sido dicho más
arriba es solamente un simple esbozo. El hombre contemporáneo se
interroga con frecuencia, con ansia profunda, sobre la solución de
las terribles tensiones que se han acumulado sobre el mundo y que se
entrelazan en medio de los hombres. Y si tal vez no tiene la
valentía de pronunciar la palabra "misericordia", o en su conciencia
privada de todo contenido religioso no encuentra su equivalente,
tanto más se hace necesario que la Iglesia pronuncie esta palabra,
no sólo en nombre propio sino también en nombre de todos los hombres
contemporáneos.
15.4. Es pues necesario que todo
cuanto he dicho en el presente documento sobre la misericordia se
transforme continuamente en una ferviente plegaria: en un grito que
implore la misericordia con conformidad con las necesidades del
hombre en el mundo contemporáneo. Que este grito condense toda la
verdad sobre la misericordia, que ha hallado tan rica expresión en
la Sagrada Escritura y en la Tradición, así como en la auténtica
vida de fe de tantas generaciones del Pueblo de Dios. Con tal grito
nos volvernos, como todos los escritores sagrados, al Dios que no
puede despreciar nada de lo que ha creado, al Dios que es fiel a sí
mismo, a su paternidad y a su amor.
15.5. Y al igual que los profetas,
recurramos al amor que tiene características maternas y, a semejanza
de una madre, sigue a cada uno de sus hijos, a toda oveja
extraviada, aunque hubiese millones de extraviados, aunque en el
mundo la iniquidad prevaleciese sobre la honestidad, aunque la
humanidad contemporánea mereciese por sus pecados un nuevo
"diluvio", como lo mereció en su tiempo la generación de Noé.
Recurramos al amor paterno que Cristo nos ha revelado en su misión
mesiánica y que alcanza su culmen en la cruz, en su muerte y
resurrección. Recurramos a Dios mediante Cristo, recordando las
palabras del Magnificat del María, que proclama la misericordia "de
generación en generación ". Imploremos la misericordia divina para
la generación contemporánea. La Iglesia que, siguiendo el ejemplo de
María, trata de ser también madre de los hombres en Dios, exprese en
esta plegaria su materna solicitud y al mismo tiempo su amor
confiado, del que nace la más ardiente necesidad de la oración.
15.6. Elevemos nuestras súplicas,
guiados por la fe, la esperanza, la caridad que Cristo ha injertado
en nuestros corazones. Esta actitud es asimismo amor hacia Dios, a
quien a veces el hombre contemporáneo ha alejado de sí, ha hecho
ajeno a sí, proclamando de diversas maneras que es algo "superfluo".
Esto es pues amor a Dios, cuya ofensa-rechazo por parte del hombre
contemporáneo sentimos profundamente, dispuestos a gritar con Cristo
en la cruz: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Esto
es al mismo tiempo amor a los hombres, a todos los hombres sin
excepción y división alguna: sin diferencias de raza, cultura,
lengua, concepción del mundo, sin distinción entre amigos y
enemigos. Esto es amor a los hombres que desea todo bien verdadero a
cada uno y a toda la comunidad humana, a toda familia, nación, grupo
social; a los jóvenes, los adultos, los padres, los ancianos, los
enfermos: es amor a todos, sin excepción. Esto es amor, es decir,
solicitud premurosa para garantizar a cada uno todo bien auténtico y
alejar y conjurar el mal.
15.7. Si alguno de los
contemporáneos no comparte la fe y la esperanza que me inducen, en
cuanto siervo de Cristo y ministro de los misterios de Dios, a
implorar en esta hora de la historia la misericordia de Dios.
15.8. En el nombre de Jesucristo,
crucificado y resucitado, en el espíritu de su misión mesiánica, que
permanece en la historia de la humanidad, elevemos nuestra voz y
supliquemos que en esta etapa de la historia se revele una vez más
aquel Amor que está en el Padre y que por obra del Hijo y del
Espíritu Santo se haga presente en el mundo contemporáneo como más
fuerte que el mal: más fuerte que el pecado y la muerte. Supliquemos
por intercesión de Aquella que no cesa de proclamar "la misericordia
de generación en generación", y también de aquellos en quienes se
han cumplido hasta el final las palabras del sermón de la montaña:
"Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán
misericordia".
15.9. Al continuar el gran
cometido de actuar el Concilio Vaticano II, en el que podemos ver
justamente una nueva fase de la autorrealización de la Iglesia -a
medida de la época en que nos ha tocado vivir- la Iglesia misma debe
guiarse por la plena conciencia de que en esta obra no le es lícito,
en modo alguno, replegarse sobre sí misma. La razón de su ser es en
efecto la de revelar a Dios, esto es, al Padre que nos permite
"verlo" en Cristo. Por muy fuerte que pueda ser la resistencia de la
historia humana; por muy marcada que sea la heterogeneidad de la
civilización contemporánea; por muy grande que sea la negación de
Dios en el mundo, tanto más grande debe ser la proximidad a ese
misterio que, escondido desde los siglos en Dios, ha sido después
realmente participado al hombre en el tiempo mediante Jesucristo.
Con mi Bendición Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro,
el día 30 de noviembre, primer domingo de Adviento, del año 1980,
tercero de mi Pontificado.
JUAN PABLO II
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