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Homilía de Juan
Pablo II en la vigilia de Pentecostés 2000
Estas fueron las palabras que
pronunció el Papa en la homilía del 10 de Junio del 2000. La
traducción ha sido realizada por "L'Osservatore Romano".
* * *
1. "Cuando venga el Consolador,
que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede
del Padre, él dará testimonio de mí" (Jn 15, 26).
Estas son las palabras que el
evangelista san Juan recogió de los labios de Cristo en el Cenáculo,
durante la última Cena, en la víspera de la pasión. Resuenan con
singular intensidad para nosotros hoy, solemnidad de Pentecostés de
este Año jubilar, cuyo contenido más profundo nos revelan.
Para captar este mensaje esencial
es preciso permanecer en el Cenáculo, como los discípulos. Por eso
la Iglesia, también gracias a una oportuna selección de los textos
litúrgicos, ha permanecido en el Cenáculo durante el tiempo de
Pascua. Y esta tarde, la plaza de San Pedro se ha transformado en un
gran Cenáculo, en el que nuestra comunidad se ha reunido para
invocar y acoger el don del Espíritu Santo.
La primera lectura, tomada del
libro de los Hechos de los Apóstoles, nos ha recordado lo que
sucedió en Jerusalén cincuenta días después de la Pascua. Antes de
subir al cielo, Cristo había encomendado a los Apóstoles una gran
tarea: "Id (...) y haced discípulos a todas las gentes,
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado" (Mt
28, 19-20). También les había prometido que, después de su marcha,
recibirían "otro Consolador", que les enseñaría todo (cf. Jn 14, 16.
26).
Esta promesa se cumplió
precisamente el día de Pentecostés: el Espíritu, bajando sobre los
Apóstoles, les dio la luz y la fuerza necesarias para hacer
discípulos a todas las gentes, anunciándoles el evangelio de Cristo.
De este modo, en la fecunda tensión entre Cenáculo y mundo, entre
oración y anuncio, nació y vive la Iglesia.
2. Cuando el Señor Jesús prometió
el Espíritu Santo, habló de él como el Consolador, el Paráclito, que
enviaría desde el Padre (cf. Jn 15, 26). Se refirió a él como el
"Espíritu de la verdad", que guiaría a la Iglesia hacia la verdad
completa (cf. Jn 16, 13). Y precisó que el Espíritu Santo daría
testimonio de él (cf. Jn 15, 26). Pero en seguida añadió: "Y también
vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis
conmigo" (Jn 15, 27). En el momento en que el Espíritu desciende en
Pentecostés sobre la
comunidad reunida en el Cenáculo, comienza este doble testimonio: el
del Espíritu Santo y el de los Apóstoles.
El testimonio del Espíritu es
divino en sí mismo: proviene de la profundidad del misterio
trinitario. El testimonio de los Apóstoles es humano: transmite, a
la luz de la revelación, su experiencia de vida junto
a Jesús. Poniendo los fundamentos de la Iglesia, Cristo atribuye
gran importancia al testimonio humano de los Apóstoles. Quiere que
la Iglesia viva de la verdad histórica de su Encarnación, para que,
por obra de los testigos, en ella esté siempre viva y operante la
memoria de su muerte en la cruz y de su resurrección.
3. "También vosotros daréis
testimonio" (Jn 15, 27). La Iglesia, animada por el don del
Espíritu, siempre ha sentido vivamente este compromiso y ha
proclamado fielmente el mensaje evangélico en todo tiempo y en todos
los lugares. Lo ha hecho respetando la dignidad de los pueblos, su
cultura y sus tradiciones, pues sabe bien que el mensaje divino que
se le ha confiado no se opone a las aspiraciones más profundas del
hombre; antes bien, ha sido revelado por Dios para colmar, por
encima de cualquier expectativa, el
hambre y la sed del corazón humano. Precisamente por eso, el
Evangelio no debe ser impuesto, sino propuesto, porque sólo puede
desarrollar su eficacia si es aceptado libremente y abrazado con
amor.
Lo mismo que sucedió en Jerusalén
con ocasión del primer Pentecostés, acontece en todas las épocas:
los testigos de Cristo, llenos del Espíritu Santo, se han sentido
impulsados a ir al encuentro de los demás para
expresarles en las diversas lenguas las maravillas realizadas por
Dios. Eso sigue sucediendo también en nuestra época. Quiere
subrayarlo la actual jornada jubilar, dedicada a la "reflexión sobre
los deberes de los católicos hacia los demás hombres: anuncio de
Cristo, testimonio y diálogo".
La reflexión que se nos invita a
hacer no puede menos de considerar, ante todo, la obra que el
Espíritu Santo realiza en las personas y en las comunidades. El
Espíritu Santo esparce las "semillas del Verbo" en las diferentes
tradiciones y culturas, disponiendo a las poblaciones de las
regiones más diversas a acoger el anuncio evangélico. Esta certeza
debe suscitar en los discípulos de Cristo una actitud de apertura y
de diálogo con quienes tienen convicciones religiosas diversas. En
efecto, es necesario ponerse a la escucha de cuanto el Espíritu
puede sugerir también a los "demás". Son capaces de ofrecer
sugerencias útiles para llegar a una comprensión más profunda de lo
que el cristiano ya posee en el "depósito revelado". Así, el diálogo
podrá abrirle el camino para un anuncio más adecuado a las
condiciones personales del oyente.
4. De todas formas, lo que sigue
siendo decisivo para la eficacia del anuncio es el testimonio
vivido. Sólo el creyente que vive lo que profesa con los labios,
tiene esperanzas de ser escuchado. Además, hay que tener en cuenta
que, a veces, las circunstancias no permiten el anuncio explícito de
Jesucristo como Señor y Salvador de todos. En este caso, el
testimonio de una vida respetuosa, casta, desprendida de las
riquezas y libre frente a los poderes de este mundo, en una palabra,
el testimonio de la santidad, aunque se dé en silencio, puede
manifestar toda su fuerza de convicción. Es evidente, asimismo, que
la firmeza en ser testigos de Cristo con la fuerza del Espíritu
Santo no impide colaborar en el servicio al hombre con
los seguidores de las demás religiones. Al contrario, nos impulsa a
trabajar junto con ellos por el bien de la sociedad y la paz del
mundo.
En el alba del tercer milenio, los
discípulos de Cristo son plenamente conscientes de que este mundo se
presenta como "un mapa de varias religiones" (Redemptor hominis,
11). Si los hijos de la Iglesia permanecen abiertos a la acción del
Espíritu Santo, él les ayudará a comunicar, respetando las
convicciones religiosas de los demás, el mensaje salvífico único y
universal de Cristo.
5. "Él dará testimonio de mí; y
también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis
conmigo" (Jn 15, 26-27). Estas palabras encierran toda la lógica de
la Revelación y de la fe, de la que vive la Iglesia: el testimonio
del Espíritu Santo, que brota de la profundidad del misterio
trinitario de Dios, y el testimonio humano de los Apóstoles,
vinculado a su experiencia histórica de Cristo. Uno y otro son
necesarios. Más aún, si lo analizamos bien, se trata de un único
testimonio: el Espíritu sigue hablando a los hombres de hoy con la
lengua y con la vida de los actuales discípulos de Cristo.
En el día en que celebramos el
memorial del nacimiento de la Iglesia, queremos elevar una ferviente
acción de gracias a Dios por este testimonio doble y, en definitiva,
único, que abraza a la gran familia de la Iglesia desde el día de
Pentecostés. Queremos darle gracias por el testimonio de la primera
comunidad de Jerusalén, que, a través de las generaciones de los
mártires y de los confesores, ha llegado a ser a lo largo de los
siglos la herencia de innumerables hombres y mujeres de todo el
mundo.
La Iglesia, animada por la memoria
del primer Pentecostés, reaviva hoy la esperanza de una renovada
efusión del Espíritu Santo. Asidua y concorde en la oración con
María, la Madre de Jesús, no deja de invocar: "Envía tu Espíritu,
Señor, y renueva la faz de la tierra" (Sal 103, 30).
Veni, Sancte Spiritus: Ven,
Espíritu Santo, enciende en los corazones de tus fieles la llama de
tu amor.
Sancte Spiritus, veni!
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