| Karol Wojtyla vivió en Cracovia
durante exactamente cuarenta años, incluidos cuatro años como obispo
auxiliar, dos como líder de facto de la archidiócesis y catorce como
su arzobispo. Desde el principio se produjo una considerable
adaptación entre la ciudad y el hombre, entre la antigua sede y el
joven obispo. Era un
intelectual polaco y Cracovia un centro intelectual del país, así
como la capital cultural de Polonia desde tiempo atrás. Era un
patriota polaco en una ciudad en que la historia de la nación se
atesoraba en la catedral y donde podía leer la historia de la lucha
polaca por la libertad en palacios, calles, iglesias y casas ante
los que pasaba todos los días. Se trataba de un escritor que vivía
en la cuna del mundo editorial polaco, en la ciudad en que fuera
publicado su primer libro en polaco. Era, por adopción y convicción,
un cracoviano, lo que significaba ser un europeo que vivía en el
corazón de Europa.
Asimismo, era un sacerdote y
obispo en una ciudad de grandes testigos de fe: Estanislao, el
modelo para sus sucesores en el linaje episcopal de Cracovia; Piotr
Skarga, el predicador del siglo XVI de la renovación nacional a
través del renacimiento espiritual; Dunajewski y Puzyna, rebeldes de
1863 convertidos en obispos y cardenales. Ésa era la ciudad de fray
Alberto y las abnegadas comunidades religiosas que fundara, y
también era el hogar de la hermana Faustina Kowalska, la mística de
la Divina Misericordia.
Era, en definitiva, la sede
episcopal de Adam Stefan Sapieha, el príncipe constante, y la
diócesis en que el padre Maximiliano Kolbe se había ofrecido en el
búnker del hambre de Auschwitz. Todo aquello seguía vivo en Cracovia
de modo casi palpable. Y, por supuesto, seguía vivo en Karol
Wojtyla, que creía que la devoción popular a los santos y una vida
intelectual católica seria se reafirmaban mutuamente.
El hombre que pareciera nacido
para arzobispo de Cracovia expuso los temas básicos de su episcopado
en una carta pastoral a la archidiócesis, escrita para la Cuaresma
de 1964.
Ser arzobispo de Cracovia,
escribiría, era ser consciente de "un profundo sentido de la
responsabilidad", intensificado por "los grandes y elocuentes
recuerdos del pasado", que seguían vivos en la archidiócesis. Si ese
sentido de la responsabilidad no engendraba temor, era porque tenía
"total confianza en Cristo Nuestro Señor y en Su Madre", y una
"sincera confianza" en la gente a la que servía. La vida no era
absurda, pues "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen
al conocimiento de la verdad" (1 Timoteo 2,4). Aquélla constituía
tanto la fe de la Iglesia como su misión: ayudar a hombres y mujeres
a comprender la dignidad de su naturaleza y la nobleza de su
destino. Y al llevar a cabo tal misión, él, como su obispo, "el
primer servidor del bien común", esperaba que todos asumieran "la
responsabilidad por la parte que la voluntad de Dios les haya dado".
Karol Wojtyla, a quien el papa
Pablo VI nombraría cardenal en 1967, a la excepcionalmente joven
edad de cuarenta y siete años, era el primer obispo de Cracovia en
la milenaria historia de la sede que no procedía de la pequeña
nobleza. Lo cual no supondría impedimento para que se vertiera en
uno de los obispos diocesanos más efectivos de su tiempo, y de
cualquier lugar. |